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sábado, 15 de julio de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS


Me atrevo a decir, pues, que su dolor era mí dolor, tanto como su Corazón era mi Corazón. Porque, como Adán y Eva vendieran al mundo por una manzana, mi amado Hijo ha querido también que yo haya cooperado con él para rescatarlo con un mismo Corazón" (9).
(Ves, pues, caro lector, cómo) el Hijo de Dios es el Corazón y la vida de su divina Madre, pero de una manera la más perfecta que se puede pensar. Porque, si según el lenguaje del Espíritu Santo hablando por boca de San Pablo, este adorable Salvador debe de tal modo vivir en todos sus servidores que hasta su vida se vea manifiestamente en sus cuerpos (1O); ¿quién es capaz de pensar de qué manera y con qué abundancia y perfección comunica su vida divina a Aquélla de quien ha recibido una vida humanamente divina y divinamente humana, puesto que ella ha engendrado y dado a luz un Hombre-Dios? El está viviendo en su alma y en su cuerpo, y en todas las facultades de su alma y de su cuerpo; y está viviendo todo en ella, es decir, que todo lo que hay en Jesús está viviendo en María. Su Corazón está viviendo en su Corazón, su alma en su alma, su espíritu en su espíritu; la memoria, el entendimiento, la voluntad de Jesús están viviendo en la memoria, en el entendimiento, en la voluntad de María; sus sentidos interiores y exteriores, en sus sentidos interiores y exteriores; sus pasiones en sus pasiones; sus virtudes, sus misterios, sus atributos divinos están viviendo en su corazón. Pero ¿qué digo viviendo? Todas estas cosas han estado siempre en El, están y estarán viviendo y reinando soberanamente, operando en El efectos maravillosos e inconcebibles e imprimiendo en El una imagen viviente de sí mismas.
Así es como Jesús es principio de vida en su santísima Madre. Así es como es Corazón de su Corazón y vida de su vida. Así es como nosotros podemos decir verdaderamente que tiene un Corazón todo divino. (También Santa Brígida le oyó expresarse así cierto día: "Todas las alabanzas que se tributan a mi Hijo son mis alabanzas, y el que le deshonra me deshonra; porque yo le he amado tan ardientemente y El me ha amado tan perfectamente, que El y yo no hemos sido nunca más que un solo Corazón" (11).

CONCLUSIONES DE TODO LO QUE SE HA DICHO...
§ 3. CONCLUSIONES DE TODO LO QUE SE HA DICHO EN ESTE PRIMER LIBRO

Ves, caro lector, por todo lo que se ha dicho, aquí arriba, lo que se entiende por el Corazón de la sacratísima Virgen. Ves que hay tres corazones en ella; su corazón corporal, su corazón, espiritual y su corazón divino. Ves que estos tres corazones no son más que uno, porque su corazón espiritual es el alma y el espíritu de su corazón corporal, y porque su corazón divino es el corazón, el alma y el espíritu de su corazón corporal y espiritual. Este corazón admirable es el objeto de la veneración de todos los cristianos. Porque honrar este corazón sagrado, es honrar una infinidad de cosas santas y divinas, que merecen los honores eternos de los hombres y de los ángeles.
Es honrar todas las funciones de la vida corporal y sensible de la Reina del cielo, cuyo Corazón es el principio de todas ellas: vida que ha sido toda santa en sí misma y en todas sus actividades.
Es honrar todo el santo uso que ha hecho de todas las pasiones que tienen su asiento en el corazón.
Es honrar el perfectísimo uso que ha hecho de su memoria, de su entendimiento, de su voluntad y de la parte superior de su espíritu.
Es honrar una infinidad de cosas grandes e inefables que han sido recibidas en la parte superior de su alma, en su vida interior y espiritual.
Es honrar el grandísimo amor y la ardentisima caridad de esta Madre del bello amor, con respecto a Dios y a los hombres; y todos los efectos que un tal amor y una tal caridad han producido en sus pensamientos, palabras, oraciones, acciones, sufrimientos, y en el ejercicio de toda clase de virtudes.
Es honrar el corazón corporal, el corazón espiritual y el corazón divino de Jesús, que son también los corazones o más bien el corazón de María.
Es dar gloria a este mismo Jesús, que es el corazón de su padre celestial, y que ha querido ser el corazón de su divina Madre.
Es honrar y glorificar todos los efectos de luz, de gracia y de santidad que este corazón divino de María, que es Jesús, ha obrado en ella, y todas las funciones y movimientos de la vida santa y celestial, de los cuales él ha sido el principio en su alma; como también toda la fidelidad que ella ha aportado de su parte, para cooperar con él en todas las operaciones divinas que ha obrado continuamente en su corazón, durante un tan largo número de años.
¡Oh Dios!, ¡qué lengua podría declarar, qué espíritu podría concebir, qué corazón podría honrar dignamente tantas cosas grandes y admirables! Ahora bien, si la Iglesia que es siempre conducida por el Espíritu Santo, honra tanto las menores cosas que han pertenecido a la Madre de Dios, y si celebra fiesta en honor de un ceñidor que ha llevado sobre sus hábitos, ¿de qué manera deben ser celebradas las alabanzas de su dignísimo y amabilísimo Corazón? Como para conclusión de este primer libro, te diré, mi carísimo hermano, que este mismo Jesús, que siendo el corazón de su Padre eterno, ha querido ser el corazón y la vida de su preciosísima Madre, quiere también ser un corazón y tu vida; y que habiéndote hecho la gracia de ser uno de sus miembros, debe vivir dentro de ti de tal suerte que puedas decir con su apóstol: Jesucristo está viviendo en mí. Este es su designio, éste es su ardentísimo deseo. El quiere ser el Corazón de tu corazón y el Espíritu de tu espíritu, El quiere establecer su vida, no solamente en tu alma, sino también en tu cuerpo. El quiere que todo lo que hay en él viva en ti, que su alma viva en tu alma, su corazón en tu corazón, su Espíritu en tu espíritu; que sus pasiones vivan en tus pasiones, sus sentidos interiores y exteriores en tus sentidos interiores y exteriores; que su memoria, su entendimiento, Y su voluntad vivan en tu memoria, en tu entendimiento y en tu voluntad y que en f i n, todas las facultades de su alma y de su cuerpo estén viviendo y reinando en las facultades de tu alma y de tu cuerpo.
Pero a fin de que esto se haga, es necesario que tú cooperes de tu parte. ¿Qué es necesario hacer para esto? Tres cosas:
La primera, procurar mortificar en todas las potencias de tu alma y de tu cuerpo todo lo que es desagradable a Dios, según las palabras de San Pablo: nosotros llevamos siempre en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús, a fin de que la vida de Jesús sea manifiesta en nuestro cuerpo.
La segunda, adornar estas mismas potencias con todas las virtudes cristianas.
La tercera, entregarte frecuentemente al Hijo de Dios, y pedirle que se digne emplear El mismo la potencia de su brazo para destruir en ti todo lo que le es contrario, y para establecer en su lugar la vida y el reino de todas las facultades de su alma divina y de su santo cuerpo.
Contiene el primer fundamento de la devoción al Corazón admirable de la Santísima Madre de Dios, que es el Corazón adorable del Padre eterno, el cual nos pone ante la vista doce representaciones de este Corazón virginal*.
CAPÍTULO 1
Los símbolos marianos
Todo lo que se ha dicho aquí arriba debería ser más que suficiente para hacer ver que según Dios no hay nada en todo el Universo que merezca tanto honor y veneración como el Corazón sagrado de la santísima Madre de Dios; y que la devoción a este dignísimo Corazón es una * Adviértase cómo aquí las palabras: «corazón adorable del Padre Eterno», no pueden significar «metafóricamente» más que: «el amor del Padre Eterno por el Corazón de María nos pone, ante nuestros ojos, doce imágenes del corazón de María». Sobre la estructura simbólica de la obra de San Juan Eudes, cfr. nuestra Introducción devoción santísima, agradabilísima a su divina Majestad, y utilísima a todos los cristianos. Pero a f i n de aumentar y fortificar más y más esta devoción en los corazones en que ya se halla arraigada y procurar establecerla en aquéllos que no la tienen todavía, deseo hacer ver ampliamente que esta devoción no es una cosa sin fundamento y sin razón; antes que está establecida sobre unos fundamentos tan firmes y tan fuertes, que todos los poderes de la tierra y del infierno no son capaces de conmoverlos.