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domingo, 24 de septiembre de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS. SAN JUAN EUDES



FUENTE DE LUZ Y CONSUELO
visitasteis a vuestra prima Isabel; cuando le visteis nacer en Belén; cuando le visteis adorado por los Santos Reyes; cuando le encontrasteis en el templo entre los Doctores, después de haberle buscado durante tres días; cuando os visitó después de su Resurrección; y cuando le visteis subir gloriosamente al cielo?
§ 2. FUENTE DE GRACIA
3.- Es también una fuente de agua viva, es decir, una fuente no sólo de luz, como hemos visto antes, sino una fuente de gracia. Y esto no nos debe sorprender, ya que hace tiempo que la Madre del Salvador fue declarada por la boca de un Arcángel llena de gracia: Gratia plena y proclamada por el oráculo de la Iglesia Mater gratiae, Madre de gracia; Mater divinae gratiae, Madre de la Divina gracia.
Está tan llena de gracia, dice el doctor angélico Santo Tomás, que tiene suficiente para repartir entre todos los hombres (6).
Sí, su liberalísimo Corazón es una fuente de agua viva que derrama sus aguas saludables por todos los lados, sobre las tierras no solamente de los buenos, sino también de los malos, a imitación del buenísimo y misericordiosísimo Corazón del Padre celestial, que hace llover sobre justos y pecadores. He aquí por qué el Espíritu Santo en un lugar, llama a este Corazón amante de la Madre de misericordia fuente de los jardines (7). Y en otro lugar dice que es una fuente que riega el torrente de las espinas (8).
Cuáles son estos jardines y cuál este torrente de espinas, regados por las aguas de esta hermosa fuente? Los jardines son todas las santas órdenes de la Iglesia, en los cuales se lleva una vida verdaderamente cristiana y santa. Pues éstas son los jardines deliciosos para el Hijo de Dios, llenos de aquellas flores y frutos que pide la Santa Iglesia cuando dice: Confortadme con flores, rodeadme con frutos porque desfallezco de amor. Estos jardines son también todas las almas santas, de cualquier estado y condición que sean, en las cuales el Divino Esposo tiene sus delicias, entre las flores hermosas de sus santos pensamientos, deseos y afectos de que están llenas, y entre los frutos agradables de la práctica de las virtudes y de las buenas obras. Y no es necesario pensar por esto que ellas le atribuyan una cosa que no pertenece más que a Dios.
Pues es cierto que Dios es el primero y soberano manantial de todas las gracias; mas esto no impide que haya otras fuentes de gracia, según el testimonio de la divina Palabra. De otro modo, nos habría anunciado en vano el Espíritu Santo por la boca de un Profeta, que sacásemos con alegría las aguas de la gracia en las fuentes del Salvador. No dice en la fuente, sino en las fuentes.
¿Cuáles son estas fuentes del Salvador? Son los Santos Profetas y Apóstoles, los pastores y sacerdotes de su Iglesia, y
todos aquellos a quienes ha establecido para ser dispensadores de sus divinas gracias. Mas estas son fuentes inferiores y dependientes del soberano manantial, del cual ellos sacan y reciben sus aguas para comunicarlas a los jardines, es decir a las almas dispuestas a recibirlas; y para comunicarlas, no como causas primeras y eficientes o meritorias, especialmente de las gracias justificantes, lo, cual pertenece sólo a Dios y al Hombre-Dios, sino como causas segundas que obran dependiendo de la primera; como causas morales, que no operan físicamente, sino moralmente; corno causas instrumentales, que son como instrumentos en las manos de Dios, pero instrumentos vivos y libres que cooperan libremente con él en la salvación de los hombres, sea por sus oraciones y sus lágrimas, sea por sus instrucciones y consejos, sea por el ejemplo de su vida, o de cualquier otra manera.
Ahora bien, el Corazón de la Madre de la Gracia es la primera y principal entre estas fuentes, pero con muchas ventajas y privilegios por encima de ellas.
En primer lugar, por haber recibido dentro de si con plenitud todas las aguas de la gracia, como ya se ha dicho. En segundo lugar, por haberla concedido Dios poderes singularísimos que sólo al corazón de una Madre de Dios pertenecen, con poder para comunicarlos por varias vías extraordinarias sólo conocidas de Aquel que quiso honrarla con semejantes prerrogativas.
Mas no solamente es la fuente de los jardines, cuyas aguas riegan las almas justas y santas; es también la  fuente del torrente de las espinas. Estas espinas son los hombres malvados, cuya vida está toda ella erizada de las espinas de sus pecados.
Ahora bien, el Corazón de la Madre de la Misericordia se halla tan lleno de bondad, que hace sentir sus efectos hasta en el torrente de las espinas, o más bien en las espinas arrastradas por el torrente al fuego del infierno para allí arder eternamente. Pues las aguas maravillosas de esta sagrada fuente, viniendo a regar estas espinas muertas e infructuosas, aptas tan sólo para arder en el fuego eterno, hacen resucitar a algunas, transformándolas en árboles hermosos, pronto llenos de buenos frutos, dignos de ser servidos en la fuente del Rey Eterno. La razón de esto es porque las divinas aguas de esta fuente son no sólo vivientes, sino vivificantes.
De tal suerte que es no sólo una fuente de agua viva, sino una fuente de vida, y de vida eterna.
No oís a Nuestro Señor que dice que, cuando el agua de su gracia está en un alma se convierte en una fuente de vida, y de vida eterna; y que de las entrañas de aquellos que creen en él brotarán ríos de agua viva. Si esto se cumple en todas las almas y en todos los corazones que poseen la fe y la gracia del
Salvador, ¿qué será del Corazón de su Divina Madre, más lleno de fe, de gracia y de amor que todos los corazones de los fieles juntos, sino una fuente de agua viva y vivificante, de virtud tan admirable, que no solamente conserva la vida en aquellos que ya la tienen, les preserva de la muerte y los hace inmortales, no solamente fortifica a los débiles y desfallecidos, no solamente da la salud a los enfermos, sino que hasta resucita a los muertos? Pues ella es de la naturaleza de las aguas milagrosas del torrente de que habla Ezequiel que dan la vida a todo cuanto tocan (9).
§ 3. SUSTENTO DEL ALMA
4.- Mas como no es suficiente el dar la vida, si no se la provee del alimento necesario para alimentarla y sostenerla: este Corazón maternal no sólo es fuente de agua viva y vivificante, sino también, fuente de leche, de miel, de aceite y de vino.
De leche y de miel; pues no oís al Divino Esposo que le habla así: "Tus labios destilan miel, oh Santa Esposa; miel y leche hay debajo de tu lengua" (10), es decir, tus palabras están llenas de dulzura y suavidad, y en consecuencia de ellas está lleno tu Corazón. Pues estando como están siempre de acuerdo, su Corazón y su lengua, y existiendo una perfecta conformidad entre sus palabras y sus sentimientos, si ella tiene leche y miel en la boca, también la tendrá en su Corazón; y no la tiene bajo la lengua y sobre sus labios, sino en cuanto que está de ellas lleno su Corazón.
Además no la oís a ella misma que dice: "Mi espíritu es más dulce que la miel; y la herencia de mi Corazón es tina mansedumbre y suavidad que sobrepasa la de la miel" (11). De donde se deduce que su Corazón es una verdadera fuente de leche y de miel, cuyos arroyos discurren incesantemente derramándose en los corazones de sus verdaderos hijos; para verificar estas palabras del Espíritu Santo: "Seréis llevados a los pechos y acariciados sobre el regazo, como una madre acaricia a su hijito" (12). Felices quienes no pongan óbice a la eficiencia de esas palabras, por lo que a ellas toca.
Felices quienes no se hagan sordos a la voz de esta dulcísima Madre, que llama continuamente: "Desead hijos míos, desead, como niños recién nacidos, la leche de la inteligencia y de la inocencia, a fin de que crezcáis poco a poco, y os fortifiquéis por este alimento en aquel que es vuestra salud" (1 3) .
Venid, a comer mi miel y a beber de mi leche, a fin de que gustéis y veáis cuán dulce y delicioso es servir y amar a aquel que me ha hecho tan dulce y amable a sus hijos, y cuán lleno está mi Corazón de ternura y de sinceridad para con aquellos que me aman: "Yo amo a los que me aman " (14).
Ved, pues, cómo el Corazón de esta Madre del Amor Hermoso es fuente de leche y de miel para todos sus hijos, especialmente para los aun débiles, tiernos y delicados, incapaces de un alimento más sólido.
5.- Es también una fuente de aceite, esto es de misericordia para todos los miserables. Es además una fuente de vino, para dar vigor y fuerza a los necesitados; para alegrar a los que están tristes y afligidos, según estas palabras divinas: "Dad vino a los que están en amargura de Corazón"
(15), para alegrar a los que consuelan a los demás por espíritu de caridad, y sobre todo para embriagar del vino del amor sagrado a los que trabajan en la salvación de sus prójimos. A ellos es a quienes esta Madre amorosa, toda abrasada en el celo de la salvación de las almas, clama fuertemente:
Venid hijos míos, venid los amados de mi corazón, venid a sacar el vino celestial del amor divino en la fuente del Corazón de vuestra Madre, bebed saboreándolo, pues no puede haber exceso. "Bebed y embriagaos" (16), queridos, "id a este purísimo vino, que es padre de la virginidad y de todas las santas vírgenes (17); de este mismo vino del que están siempre embriagados los Serafines; de este mismo vino que embriagó a los Apóstoles de mi Hijo; de este vino que también a El le embriagó santamente, cuando en un exceso de amor hacia nosotros, le hizo olvidar las grandezas de su divinidad, y le indujo a anonadarse en las bajezas de una cueva y en las ignominias de una cruz.
Embriagaos con El de este vino delicioso para olvidar y despreciar lo que el mundo ama y estima, para no amar y estimar más que a Dios, y para emplearos con todas vuestras fuerzas en establecer en las almas el reino de su amor y de su gloria; de este modo seréis los hijos predilectos de su Corazón y del Mío.
§ 4. FUENTE DE SANTIDAD Y DE GLORIA
Es un grande motivo de consuelo para los cristianos, el saber que ellos no tienen más que una Madre con su adorable cabeza Jesús; que esta divina Madre tiene todo poder en el cielo y en la tierra; y que tiene tanta bondad, que su Corazón maternal es para ellos una fuente de luz, una fuente de agua viva, una fuente de vida eterna, una fuente de leche y miel, una fuente de vino, de vino celestial y angélico.
Más aún, aquí hay otra cosa digna de grande admiración, y que conviene maravillosamente a esta fuente milagrosa. Y es el ser el manantial de un gran río, que se divide en otros cuatro, los cuales se extienden por todas las partes del universo, para regarlo con sus aguas vivas y saludables. Esto es lo que se figuraba en la fuente que Dios hizo brotar de la tierra, en la creación del mundo, la cual era el origen de un río que producía otros cuatro. ¿Qué río es éste, os ruego, que nace en esta divina fuente del Corazón de María? ¿Acaso no es su Hijo Jesús? Sin duda ninguna, pues El es el fruto de su Corazón, como antes lo hemos visto. Podemos además añadir, que este río que tiene su origen en esta fuente, es la abundantísima caridad de este corazón generoso, la cual se divide en cuatro ríos que riegan todo el mundo: de los cuales el primero es un río de consuelo; el segundo, un río de santificación; el tercero, un río de compasión y de justificación; el cuarto, un río de alegría y de glorificación.
El primero es para las almas de la Iglesia purgante a las cuales la caridad increíble del Corazón piadoso de la Madre de Dios procura muchas consolaciones y alivios.


sábado, 23 de septiembre de 2017

SOBRE LAS DOCE PRERROGATIVAS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA San Bernardo de Claraval SOBRE


SOBRE LAS DOCE PRERROGATIVAS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, SEGÚN LAS PALABRAS DEL APOCALIPSIS: «UN PORTENTO GRANDE APARECIÓ EN EL CIELO: UNA MUJER ESTABA CUBIERTA CON EL SOL Y LA LUNA A SUS PIES Y EN SU CABEZA TENÍA UNA CORONA DE DOCE ESTRELLAS»

8. ¿Qué es, pues, lo que brilla, comparable con las estrellas, en la generación de María? Sin duda el ser nacida de reyes, el ser de sangre de Abrahán., el ser de la generosa prosapia de David. Si esto parece poco, añade que se sabe fue concedida por el cielo a aquella generación por el privilegio singular de santidad, que mucho antes fue prometida por Dios a estos mismos Padres, que fue prefigurada con misteriosos prodigios, que fue prenunciada con oráculos proféticos. Porque a esta misma señalaba anticipadamente la vara sacerdotal cuando floreció sin raíz, a ésta el vellocino de Gedeón cuándo en medio de la era seca se humedeció, a ésta la puerta oriental en la visión de Ezequiel, la cual para ninguno estuvo patente jamás. Esta era, en fin, la que Isaías, más claramente que todos, ya la prometía como vara que había de nacer de la raíz de Jesé, ya, más manifiestamente, corno virgen que había de dar a luz. Con razón se escribe que este prodigio grande había aparecido en el cielo, pues se sabe haber sido prometido tanto antes por el cielo. El Señor dice: El mismo os dará un prodigio. Ved que concebirá una virgen. Grande prodigio dio, a la verdad, porque también es grande el que le dio. ¿En qué vista no reverbera con la mayor vehemencia el brillo resplandeciente de esta prerrogativa? Ya, en haber sido saludada por el ángel tan reverente y obsequiosamente, que podía parecer que la miraba ya ensalzada con el solio real sobre todos los órdenes de los escuadrones celestiales y que casi iba a adora a una mujer el que solía hasta entonces ser adorado gustosamente por los hombres, se nos recomienda el excelentísimo mérito de nuestra Virgen y su gracia singular.
9. No menos resplandece aquel nuevo modo de concepción, por el cual, no en la iniquidad, como las demás mujeres, sino sobreviniendo el Espíritu Santo, sola María concibió y de sola la santificación. Pero el haber engendrado ella al verdadero Dios y verdadero Hijo de Dios, para que uno mismo fuese Hijo de Dios y de los hombres y uno absolutamente, Dios y hombre, naciese de María, abismo es de luz; ni diré fácilmente que aun la vista del ángel no se ofusque a la vehemencia de este resplandor. En lo demás, evidentemente, se ilustra la virginidad por la novedad del mismo propósito de la virginidad por la novedad del mismo propósito, puesto que, elevándose en la libertad de espíritu sobre los decretos de la ley de Moisés, ofreció a Dios con voto la inmaculada santidad de cuerpo y de espíritu juntamente. Prueba la inviolable firmeza de su propósito el haber respondido tan firmemente al ángel que la prometía un hijo: ¿Cómo se hará esto, porque yo no conozco varón? Acaso por eso se turbó en sus palabras y pensaba qué salutación sería ésta, porque había oído que la llamaban bendita entre las mujeres la que siempre deseaba ser bendita entre las vírgenes. Y desde aquel punto, ciertamente, pensaba qué salutación sería ésta, porque ya parecía ser sospechosa. Más luego que en la promesa de un hijo aparecía el peligro manifiesto de la virginidad, ya no pudo disimular más ni dejar de decir: ¿Cómo se hará esto, porque yo no conozco varón? Por tanto, con razón mereció aquella bendición y no perdió ésta, para que así sea mucha más gloriosa la virginidad por la fecundidad y la fecundidad por la virginidad y parezcan ilustrarse mutuamente estos dos astros con sus rayos. Pues el ser virgen cosa grande es, pero ser virgen madre, por todos modos es mucho más. Con razón también sola ella no sintió aquel molestísimo tedio con que todas las mujeres embarazadas son afligidas, pues ella sola concibió sin libidinoso deleite. Por lo cual, en el mismo principio de la concepción, cuando principalmente son afligidas miserablemente las demás mujeres, María con toda presteza sube a las montañas para asistir a Isabel. Subió también a Belén, estando ya cercano el parto, llevando aquel preciosísimo depósito, llevando aquel peso dulce, llevando a quien la llevaba. Así también, en el mismo parto, de cuánto esplendor es el haber dado a luz con un gozo nuevo la nueva prole, siendo sola ella entre las mujeres ajena de la común maldición y del dolor de las que dan a luz. Si el precio de las cosas se ha de juzgar por lo raro de ellas, nada se puede hallar más raro que éstas. Puesto que en todas ellas ni se vio tener primera semejante ni segunda. De todo esto, si fielmente lo miramos, sin duda concebiremos admiración; pero y veneración también, devoción y consolación.
10. Más lo que todavía resta considerar pide imitación. No es para nosotros el ser antes del nacimiento prometidos prodigiosamente de tantos y tan varios modos ni el ser pronunciado desde el cielo, ni tampoco el ser honrados por el arcángel Gabriel con los obsequios de tan nueva salutación.
Mucho menos nos comunican las otras dos cosas a nosotros; ciertamente su secreto es para sí. Porque sola ella es de quien se dice: Lo que en ella ha nacido es del Espíritu Santo. Sola ella es a quien se dice: Lo santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios. Sean ofrecidas al Rey las vírgenes, pero después de ella, porque ella sola reserva para sí la primacía. Mucho más, ella sola concibió al hijo sin corrupción, le llevó sin opresión, le dio a luz sin dolor. Así, nada de esto se exige de nosotros, pero, ciertamente, se exige algo. Porque por ventura, si también nos falta a nosotros la mansedumbre del pudor, la humildad del corazón, la magnanimidad de la fe, la compasión del ánimo, ¿excusará nuestra negligencia la singularidad de estos dones? Agraciada piedra en la diadema, estrella resplandeciente en la cabeza es el rubor en el semblante del hombre vergonzoso. ¿Piensa acaso alguno que careció de esta gracia la que fue llena de gracias? Vergonzosa fue María. Del Evangelio lo probamos. Porque ¿en dónde se ve que fuese alguna vez locuaz, en dónde se ve que fuese presuntuosa? Solicitando hablar al hijo se estaba afuera, ni con la autoridad que tenía de madre interrumpió el sermón o se entró por la habitación en que el hijo estaba hablando. En toda la serie, finalmente, de los cuatro Evangelios (si bien me acuerdo) no se oye hablar a María sino cuatro veces. La primera al ángel, pero cuando ya una y dos veces la había él hablado; la segunda a Isabel, cuando la voz de su salutación hizo saltar de gozo a Juan en el vientre; y, alabando ,entonces Isabel a María, cuidó ella más bien de alabar al Señor; la tercera al Hijo, cuando era ya de doce años, porque ella misma y su padre le habían buscado llenos de dolor; la cuarta, en las bodas, al Hijo y a los ministros. Y estas palabras, sin duda, fueron índice certísimo de su congénita mansedumbre y vergüenza virginal. Puesto que, reputando suyo el empacho de otros, no pudo sufrir, no pudo disimular que les faltase vino. A la verdad, luego que fue increpada por el Hijo, como mansa y humilde de corazón, no respondió, mas ni con todo eso desesperó, avisando a los ministros que hiciesen lo que El les dijese.
11. Y después de haber nacido Jesús en la cueva de Belén, ¿acaso no leemos que vinieron los pastores y encontraron la primera de todos a María? Hallaron, dice el evangelista, a María y a José, y al infante puesto en el pesebre. También los Magos, si hacemos memoria, no, sin María su Madre encontraron al Niño, y cuando ella introdujo en el templo del Señor al Señor del templo, muchas cosas ciertamente oyó a Simeón, así relativas a Jesús como a sí misma, pero, como siempre, mostróse tarda en hablar y solícita en escuchar. María conservaba todas estas palabras, ponderándolas en su corazón; y en todas estas circunstancias no profieren sus labios una sola palabra acerca del sublime misterio de la encarnación del Señor.



viernes, 22 de septiembre de 2017

NACIMIENTO, GRANDEZA, DECADENCIA Y RUINA DE LA NACION MEJICANA



Con toda razón podía escribir el valiente Obispo de Huejutla:
"Nuestros soldados perecen en los campos de batalla acribillados por las balas de la tiranía, porque no hay quien les tienda la mano, porque no hay quien se preocupe por ellos, ni quien secunde sus heroicos esfuerzos enviándoles elementos de boca y guerra para salvar a la patria. Queremos armas y dinero para derrocar a la oprobiosa tiranía que nos oprime y fundar en Méjico un gobierno honrado que garantice el ejercicio de las verdaderas libertades."
En el curso de las negociaciones para el apoyo de los cristeros por el Episcopado, el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado de la Santa Sede, se mostró escéptico respecto a la seriedad del movimiento armado, a lo cual replicó el egregio Arzobispo de Durango: "-Eminencia: estamos en un círculo vicioso: unos dicen que no se les ayuda, porque el movimiento no es serio, y otros que no es suficientemente serio, porque no se les ayuda. Eminencia, hay que romper ese círculo ayudando al movimiento para que, si no es serio, se haga." 37
La seriedad del movimiento armado cristero no se medía por la nobleza de la causa, ni por el heroísmo y la abnegación de quienes la defendían, sino por el número y calibre de los cañones y por sus 11 gruesos batallones".
Pero" donde todo falta Dios asiste". Los cristeros arrebataban las armas y municiones al enemigo y vivían de la explotación de los recursos de las regiones donde operaban, estableciendo autoridades
civiles, judiciales y administrativas, y un justo y ordenado sistema de contribuciones.
Los ricos mejicanos: grandes hacendados, hombres de negocios y principales industriales y comerciantes en general, preocupados sobre todo por sus intereses materiales, se convirtieron en poco simpatizantes y aun enemigos de los cristeros y se negaban o resistían a contribuir, por lo cual, el peso de la guerra, aun en lo económico, recaía sobre la clase media y humilde.
"Los ricos fueron nuestros peores enemigos... porque la guerra cuesta dinero y destruye propiedades, y el dinero y los grandes patrimonios son de los ricos, y se ven afectados por la guerra, por lo que, como el joven rico del Evangelio, dejan a Dios por la riqueza.
"Bendito sea Dios que el cobro de contribuciones está dando buenos resultados... mucho más de lo que me esperaba. Los pobres sobre todo se están portando heroicamente. La mayor parte de los ricos están renuentes, pero creo que se tendrán que rendir, sobre todo al ver que sus esperanzas parecen resultar fallidas, o sea lo de la ofensiva (federal), pues se ve ya con toda claridad que no sólo no son capaces de destruimos, pero ni aun de dispersamos." 38
No se hacía saber o recordar a los acaudalados los límites del derecho de propiedad y sus deberes para con la comunidad en situación de grave necesidad, como era entonces el caso de Méjico.
Cuando los cristeros por diversos medios exigían el cumplimiento de dichos deberes, no faltaban obispos y clérigos que se solidarizaban con los ricos acusando a los cristeros de ladrones, llegando alguno a decir que "eran peores que los del gobierno".
Además de las contribuciones, era necesario hacer requisiciones y pedir "prestamos". Para obligar a los ricos a dar la contribución a la cual estaban obligados por las exigencias del bien común, tenían los cristeros que recurrir en ocasiones al secuestro. En general procedían con honradez y moderación pecando más de escrupulosos que de severos o injustos. En el caso de los secuestros, rara vez se llegó a la ejecución.
"En efecto, la mala voluntad de los ricos llevaba a los cristeros a de tenerlos y a exigir rescate, como lo demuestra el caso de Autlán, en mayo de 1929. Los ricos católicos de este lugar llenos de entusiasmo por las victorias cristeras de marzo y abril, y creyendo inminente la caída del gobierno habían ofrecido al general Degollado, de manera espontánea, una gruesa suma de dinero... A principios del mes de mayo, les hizo saber Degollado que habían llegado el momento da cumplir su palabra y, ante su negativa repetida se irritó ... y se encargó a José Gutiérrez que la cobrara de grado o por fuerza... Se les dieron 48 horas para decidirse en el curso de las cuales... Gutiérrez se llevó consigo 7 rehenes... Pidiose a las familias de los prisioneros que entregaran la cantidad pedida en un plazo de 10 días, sin lo cual se procedería a la ejecución de los rehenes. El dinero no se entregó y degollado puso en libertad a los prisioneros, que le prometieron pagar lo más pronto posible, cosa que jamás hicieron. Y Degollado dijo a sus soldados: 'Ni medio centavo fueron capaces de ofrecer estos señores, no para ayuda de la causa a que hasta cierto punto están obligados pues ni siquiera para rescatar a sus familiares... Convencido estoy que no debemos esperar nada de nuestros ricos hermanos. Continuaremos la lucha como hasta ahora ha sido, ayudados por Dios, por nuestra clase media y humilde, que si bien lo vemos, con eso nos basta.
CATEDRAL DE COLIMA
"Lo módico de estos recursos obligaba a la adopción de medidas extraordinarias: dos secuestros en tres años, que no produjeron nada, ya que las minas no quisieron pagar y los cristeros no se decidieron a matar sus rehenes... En cuanto a la requisa de los bienes de las haciendas y los préstamos impuestos al tomar una plaza, los cristeros solían tener vergüenza de pedir dinero y más aun de tomarlo. Así, cuando conquistaron Fresnillo, impusieron una contribución a la compañía minera norteamericana y le entregaron un recibo de 3,000 pesos. El cajero les dijo que en la caja fuerte había 50,000 pesos que podían tomar y que él no aguardaba más
que su orden para entregárselos, pues era simpatizante. Así éramos de tontos, concluye Aurelio Acevedo." 39
Con el dinero recaudado por los cristeros y con los recursos
que por su parte obtenía la Liga valiéndose de diversos medios, se compraban en el mismo Méjico algunas armas, municiones y otros elementos, los cuales eran principalmente transportados y distribuidos por las heroicas y beneméritas Brigadas de Santa Juana de Arco.
Los habitantes de las poblaciones secundaban admirablemente a los cristeros que luchaban en el campo. El año de 1927, un grupo de jóvenes empleadas de Guadalajara, constituyó la Primera Brigada de Santa Juana de Arco. Poco después, con un grupo de ex alumnas del aristocrático Colegio de Sagrado Corazón, como base, se constituía en Colima la Segunda Brigada. Ya principios del año de 1928, el Consejo Supremo dirigía a diez mil muchachas de todas las clases sociales.
Estas damas, a costa de grandes trabajos y sacrificios, y sin
temor al ultraje, a la prisión o a la muerte que muchas sufrieron, llevaban armas, municiones y diversos recursos a os cristeros.
Ocultaban y cuidaban a heridos o enfermos y obtenían valiosos informes. En los centros de abastecimiento establecidos en las poblaciones se les entregaban cargas de 15 a 20 kilos de diversos efectos que ocultas en sus ropas de campesinas llevaban a los combatientes. Preferentemente caminaban de noche, ocultándose durante el día.
Esos miles de hombres que en diferentes lugares espontánea-
mente se habían lanzado a la guerra al doble grito de ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! pronto alcanzaron un apreciable grado de organización y disciplina llegando a constituir un verdadero ejército al cual generalmente se dio el nombre de Guardia Nacional.
Ciertamente no era un ejército integrado por ángeles, todos
con la misma pureza de intención y del cual hubieran completa
mente desaparecido las pasiones, los vicios o pecados inherentes a la naturaleza humana caída. Como tampoco eran ángeles los Cruzados de San Luis o los Tercios del Gran Duque de Alba, don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, que en Alemania y Flandes combatieron a los herejes. Pero sí constituían un ejército de una rara moralidad, muy poco común en los ejércitos. Un ejército de "hombres de
orden, de una moralidad como no ha habido ni habrá tropas en Méjico". Un ejército pobre en armas, riquísimo en virtudes militares.
Después de fracasado el absurdo intento de lograr no
sólo la neutralidad, sino también el apoyo del gobierno
de los Estados Unidos y de la jerarquía católica y los católicos del mismo país a la epopeya cristera, a la resistencia armada de los católicos mejicanos contra la tiranía callista, se destituyó a René Capistrán Garza y se nombró a Luis G. Bustos como representante de la L. N. D. L. R. en los Estados Unidos.
Todavía muy influenciados algunos obispos, sacerdotes y
seglares, y aun algunos miembros del Comité Directivo de la Liga, del catolicismo liberal que se había respirado durante la tiranía porfirista, e imbuidos de un derrotismo fatalista, pensaron en la conciliación con la Revolución de signo liberal y socialista, procurando y admitiendo además la intervención y la tutela yanqui, no solo sobre la política, sino también sobre la Religión.
La Comisión de Obispos Mejicanos Residentes en Roma,
presidida por el Arzobispo de Durango, informaba en junio de 1927 a los Prelados de Méjico:
"3°._ Mons. Díaz estuvo en Roma desde el 11 hasta el 25 de abril.
Su actitud para con nosotros fue de reserva. Pudimos ver claramente su poca simpatía y confianza en la Liga. Expresó su parecer de que no era posible en Méjico el establecimiento de un Gobierno netamente católico, sino que estimaba conveniente un Gobierno de transición, liberal y con elementos del mismo género como Félix Díaz y otros... "
En agosto del mismo año, el Padre Rafael Martínez del Campo
informaba al Comité Directivo de la Liga sobre las conclusiones a las cuales había llegado con el padre Wilfrid Parsons, ambos de la Compañía de Jesús, en conversación con él en Nueva York, entre las cuales se encuentran las siguientes:
"7'.- El Sr. René Capistrán Garza y los suyos hicieron con la más sana intención los esfuerzos que estuvieron en su mano para obtener de los Estados Unidos dichos elementos. Desgraciadamente no lo lograron, fundamentalmente porque se creyó en los Estados Unidos que acaudillaban una guerra religiosa.
"8°._ Es un hecho que existe el derecho de hacer esa guerra religiosa y que esa guerra es simpática en Méjico. Pero en los Estados Unidos esa guerra jamás obtendrá ni los elementos necesarios, ni el apoyo de la Casa Blanca. Para la mentalidad americana ofrece las siguientes dificultades: repugna a ella el que el pueblo luche con el gobierno, pues está acostumbrada a la perfecta inteligencia entre ambos. Repugna a ella la presión de los anticatólicos sobre los católicos, pero de igual modo repugna la presión de éstos sobre aquellos, presión que teme como resultado de una guerra religiosa. Es evidente que la mayoría protestante no ve con buenos ojos esa guerra. En cuanto a la minoría católica temerá siempre desencadenar un conflicto religioso en los Estados Unidos, si apoya una guerra religiosa en Méjico ... "
El profesor Alberto María Carreño, viejo amigo de Mons. Díaz
Barreta, ambos enemigos de la resistencia armada católica que consideraban era un obstáculo que había que destruir para obtener el apoyo de la Casa Blanca y de la opinión pública de los Estados Unidos en la solución de conflicto religioso, fue enviado por la Liga para colaborar con Luis G. Bustos, su representante en dicho país.
Reunidos en Nueva York Mons. Díaz Barreto, Alberto María
Carreño, Luis G. Bustos y el general José Ortiz Monasterio, militar porfirista, pusieron punto final a un proyecto para solucionar el conflicto religioso dando fin a la resistencia armada católica ya que "no sólo el Presidente y el Departamento de Estado sentíanse opuestos a todo movimiento armado en vista de la definida opinión pública en contrario ... "

Con tal fin se organizaría un partido llamado Unión Nacional, integrado por "liberales", "revolucionarios honrados" y "católicos" i y cuyo programa sería el "restablecimiento de la Constitución de 1857, depurada de cuanto se opusiera al memorial del Episcopado enviado a las Cámaras. A través de este partido se llegaría al establecimiento de un gobierno constituido por un triunvirato formado por un liberal, un revolucionario y un católico". Así se renunciaba y se desechaba la idea de un gobierno netamente católico
pare establecer un gobierno liberal de transición que mereciera la aprobación del Departamento de Estado, la bendición del Delegado Apostólico en Washington, y la buena voluntad de la opinión pública yanqui dando así satisfacción a las aspiraciones del gobierno y del pueblo de los Estados Unidos.

jueves, 21 de septiembre de 2017

JUANA TABOR 666




Rahab recorrió la azotea buscando cómo descender hasta el atrio, y halló una escalera de ladrillos que por una parte conducía al campanario y por la otra al coro y otras dependencias del convento.
Un cartelito prevenía en dos idiomas, latín y esperanto, que estaba prohibido subir a la torre, y añadía: Respete la clausura del convento. Para bajar a la calle siga la escalera.
La muchacha miró el cartel e hizo un mohín.
—Me parece que aquí nos indican el camino. ¿Alguno de ustedes sabe leer? Uno de ellos, Níquel Krom, respondió riéndose:
— ¿Por quién nos tomas? ¿Tenemos cara de sirvientes? Y el otro, Mercurio Lahres, dijo:
—Si hubiera sabido que eso te iba a interesar me hubiese venido con Ángel Greco, el único en mi casa que entiende jeroglíficos. Es secretario de mi madre y le lleva muy bien las cuentas.
—Se lo diré a la mía —replicó Rahab con sorna— para que lo haga ministro de Hacienda.
La madre de Rahab, doña Hilda Silberman —viuda hacía muchos años del riquísimo Matías Kohen, hijo de Mauricio Kohen y de la hermosa Marta Blumen, que conocimos en 1934—( ) era jefa del Estado argentino, la segunda mujer que había llegado a ser presidenta de la Nación.
Tampoco la otra muchacha, Foto Fuma, sabía leer, y así los cuatro permanecieron indecisos delante del cartel.
Nunca hasta entonces habían notado que les hiciera falta el saber siquiera las primeras letras.
Hacia el año 2000 la gente distinguida lo pasaba muy bien sin tal conocimiento.
El cinematógrafo hablado y los radioteléfonos de bolsillo habían reemplazado totalmente los libros y hasta las revistas de crímenes y chistes, postrer refugio de la imprenta.
La vida había perdido su hondura.
Se vivía a lo largo de los días, a lo ancho de los placeres o de las pasiones; pero nadie gustaba de quedarse a solas con su pensamiento, ni con su corazón, ni menos con su conciencia.
La primera víctima de aquella mutilación de la vida fue el arte. El arte sólo puede arraigar en la concentración —que es la tercera dimensión de la vida— para adentro de uno mismo.
La técnica industrial progresaba ciertamente, porque la codicia de lucro estimulaba el ingenio de los inventores.
Pero como el arte o la ciencia pura no son fuentes de ganancia, se iban quedando sin devotos.
Se perdió totalmente el gusto por la investigación desinteresada. Había tantas enciclopedias y cuadros sinópticos y diccionarios de fórmulas y recetas, que no valía
la pena descubrirlas por cuenta propia.
El desmesurado progreso de la pedagogía, que había hecho demasiado fácil el allegar noticias —ya que no conocimientos— mató la vocación investigadora y acabó con la ciencia y el arte, que imponen sacrificios.
Llegado el caso de necesitar algo de eso, bastaba conectar una de las mil oficinas de informaciones y pedírselo. Algunos pobres diablos, especie de tarados maniáticos del estudio, todavía parecían capaces de hojear un libro, y ellos eran los que se encargaban de evacuar las consultas, provocando no la admiración de los que se beneficiaban con su ciencia o su trabajo, sino su lástima. ¡Que hubiera gentes tan infelices que gastaran su vida hojeando papelotes, cuando podían gastarla bailando, bebiendo y aburriéndose en los cines y en las boites! Pero ya eran pocas, y pronto no habría nadie en el mundo apto para leer un libro o tocar un piano o un violín, o manejar una pluma o un pincel.
Ya ni siquiera los figurines se imprimían. El suscriptor o el comprador recibía un rollito de films, que proyectaba en pantallas portátiles con cualquier luz y miraba las figuras ampliadas y escuchaba su explicación.
Bastó una generación de asombrosa técnica para acabar con diarios, libros, bibliotecas e imprentas.
Si alguien quería enterarse de las cosas del mundo —todavía se hallaban gentes extravagantes y curiosas— compraba en uno de esos kioscos que venden pastillas de menta y goma de mascar el último film noticioso, lo enchufaba en su aparato y lo oía en la misma forma que a un compañero, sin interrumpir las otras diversiones.
Ni los sordos necesitaban leer. Los fonógrafos no se comunicaban con el tímpano sino con el cerebro, como se escucha el tictac del reloj sin intervención del oído, con sólo aplicarlo al hueso temporal.
Más poco a poco encontraron demasiado tonto eso de andar averiguando lo que ocurría en otras partes del planeta. ¿Para qué? Cada cual debía vivir su vida, no la de los otros.
Si recibían una carta manuscrita o a máquina y tenían curiosidad de enterarse de ella, se la hacían leer por un criado. En casos de apuro, cuando no tenían el criado cerca, pedían por teléfono el auxilio de un lector a una compañía, como se pide un mecánico o una ayuda al Automóvil Club si se pincha una goma.
Los criados, personajes imprescindibles, eran los descendientes de las familias consulares de 1940, que, entre morirse de hambre o vivir bajo las mesas de los nuevos Epulones, optaron por servirlos, con tan buen humor que el ser criado fue un sello de distinción, y muchos nuevos ricos y nuevos nobles que no se avergonzaban en presencia de sus iguales, apenas se atrevían a menearse delante de aquellos sirvientes sabios a quienes el Gobierno les cambió el apellido, por no verse obligado a modificar la historia argentina.
En efecto, no parecía discreto que misia Hilda, la presidenta, se hiciera pintar las uñas por un tal Manuel Belgrano, y que al ministro Chupínez le bruñera las sandalias un tal Bartolomé Mitre.
Ante la imposibilidad de enterarse de lo que decía el cartelito Rahab se impacientó, empujó la puerta y se metió de rondón en la lóbrega caja de una escalera de gastados ladrillos, por la que los cuatro descendieron hasta el pretil de la iglesia.
Trescientos años atrás allí se enterraban los muertos ilustres. Todavía podían deletrearse en el suelo algunos nombres.
Las puertas de hierro de la iglesia estaban abiertas, pero las cancelas de batientes impedían ver lo que ocurría adentro.
Dos caballeros templarios, con sus mantos blancos recogidos en pliegues marciales y elegantísimos que descubrían a la derecha la gran cruz de lana roja cosida a la holgada blusa, y a la izquierda la fuerte y rica espada medieval, montaban la guardia.
Aquí parece oportuno referir cómo se había restaurado la antiquísima orden religiosa y militar de los templarios.
Fundada en tiempo de las Cruzadas por Godofredo de Bouillon para combatir contra los mahometanos, se compuso de monjes guerreros ligados por votos perpetuos de castidad y obediencia.
En poco tiempo allegaron tanto poder y riqueza que suscitaron celos de los reyes y se hicieron blanco de odios y acusaciones terribles contra su moral y su doctrina.
Nunca la historia aclarará el extraño proceso de los Caballeros del Temple, porque la orden sacaba mucha de su fuerza del misterio en que se desenvolvía; los grandes actores de aquella tragedia nunca divulga-ron sus conclusiones, y los documentos fueron destruidos por el tiempo o la mano de los hombres.
Pero, fuera justa o injusta la sentencia del rey de Francia Felipe el Hermoso, que mandó quemar vivo a Santiago de Molay, gran maestre de la orden, en una isleta del Sena llamada la “Isla de los Judíos”, fuesen criminales o mártires todos los que con él sufrieron el mismo suplicio, el nombre de los templarios resuena a través de los siglos como esas catedrales que, aun profanadas y semidestruidas, responden con ecos sagrados a la voz del caminante que turba su silencio.
Muchas veces se ha intentado restaurar la orden, y no pocas instituciones —entre ellas la masonería y los Caballeros de Cristo— han pretendido ser sus continuadores,
y a fin de dar más viso a su pretensión, datan las listas de sus grandes maestres desde Godofredo de Bouillon.
¡Falsedad y delirio de grandeza! La sola y verdadera restauración de aquella orden llevóse a cabo en el Brasil, el 18 de marzo de 1964; o sea 650 años, día por día, después del suplicio del gran maestre Santiago de Molay.
Los nuevos templarios se difundieron con sospechosa rapidez. Los mismos gobiernos que habían perseguido a los demás religiosos; jesuitas, benedictinos, salesianos y expulsándolos como pestíferos de la mayoría de las naciones, fomentaron a los templarios.
Aún entre los católicos fue el suceso motivo de controversias. Unos, viendo que las vocaciones por los templarios se encendían como un reguero de pólvora, creyeron que fuese la congregación conveniente para los nuevos tiempos, y miles de súplicas se elevaron al papa a fin de que la aprobase y le devolviera sus antiguos privilegios.
Otros, sorprendidos de un éxito tan repentino y grande, y alarmados por los aplausos que los enemigos de las demás órdenes religiosas prodigaban a los templarios, empezaron a desconfiar de ellos y dieron la voz de alerta, temiendo se tratase de un nuevo disfraz de la masonería.
La orden hacía gala de su fe en Dios, pero su culto adoptaba formas impersonales, demasiado holgadas y prácticas, con lo cual satisfacía dos tendencias contradictorias de este pobre corazón: la urgencia de creer en algo sobrenatural y el instinto de rebeldía contra toda autoridad. Una de las primeras diligencias del gran maestre de la orden restaurada, don Pedro de Alcántara y Pernambuco, fue someter humildemente al papa sus proyectos y pedir la aprobación de sus estatutos.
—No se los aprobarán —decían unos—. El Vaticano tiene el olfato fino.
—Sí, se los aprobarán —replicaban otros—. Sería insensato que el papa rechazara tan valiosos aliados en estos tiempos de tanta indigencia religiosa.
Los templarios entre tanto se diseminaban por el mundo. Hasta en los pueblos más pequeños, dondequiera que hubiese media docena de hombres de ciertas calidades, constituían una célula a la manera de un club y trabajaban según la fórmula que habían adoptado: “Por la humanidad, como Jesús, y contra toda violencia.”
Casi al mismo tiempo, con parecidos métodos se restauraba en Etiopía otra viejísima orden religiosa, la de los etíopes, en cuyos conventos sólo se celebraba una misa diariamente a las doce de la noche, hora en que Cristo realizó la última cena.
Éstos no pidieron la aprobación del papa sino del patriarca de Constantinopla —pues eran católicos ortodoxos— y pronto la obtuvieron, lo cual no despertó celos de los templarios. ¡Bienvenidos todos los obreros que quisieran trabajar la viña del Señor!
En la Argentina, donde no existía públicamente más congregación religiosa que la gregoriana, los Caballeros del Temple le formaron guardia de honor y declararon que fray Simón de Samaria era el máximo orador de todos los siglos y el que mejor interpretaba el espíritu del Evangelio.
El fraile sentíase ufano de tamaño homenaje, y hubiera preferido incurrir en alguna herejía antes que escandalizar a tan generosos aliados.
El templario que aquella noche vio bajar por la escalera de la torre a los cuatro jóvenes comprendió que no eran de los acostumbrados fieles.
Rahab y Foto admiraban el atuendo y la apostura del caballero.
— ¡Lástima de muchacho! —dijo Foto—. Parece que hacen no sé qué juramento o votos para pertenecer a esa orden. Creo que no pueden casarse.
— ¡Peor para ellos! —respondió Rahab.
El templario se les acercó.
—Ustedes seguramente vienen a escuchar el sermón de fray Simón de Samaria.
—Así es. ¿Podemos asistir nosotras?
El templario echó una mirada a la simbólica marca que advertía en el desnudo brazo de las dos jóvenes, y pensó que no debían ser bautizadas, pero respondió:
—En la iglesia de fray Simón de Samaria caben todos los corazones. Sólo se necesita sentir sed del Altísimo.
— ¿Y de qué habla fray Simón? —preguntó Rahab.
—De cualquier cosa que hable, siempre el oyente sale con la conciencia pacificada. ¿Hay milagro mayor que el pacificar una conciencia?
—Pero en suma —dijo frívolamente Foto— ¿es divertido lo que dice?
—Si hoy lo escuchan recibirán la mayor impresión de su vida.
—¿Sobre qué va a hablar? —preguntó uno de los mozos.
—Va a comentar un texto de San Pablo.
—¿Quién es San Pablo? —preguntó Níquel.
—¿Cuál es el texto? —interrogó Mercurio, simulando saber más que su compañero.
—Aquel que dice, hablando de los judíos: “Su culpa ha sido la riqueza del mundo.”
—¿Y qué consecuencia saca de ese texto?
—No puedo creer —respondió el templario— que saque otra conclusión que el proscribir toda lucha de raza, porque todos los hombres somos hermanos en Cristo, aun los enemigos de Cristo.
Rahab quedó pensativa; luego consultó su reloj pulsera, pequeñísimo aparato de radio que mediante un resorte pronunciaba la hora. La pulsera cantó en voz baja: “las cuatro” (poco menos de la una de antes).
—¿A qué hora predica fray Simón?
—A las ocho (las dos menos cinco de antes).
—Entonces tenemos tiempo de dar un paseo —dijo Foto.
—Vamos a bailar al Congo —propuso uno de los jóvenes.
—¡Buena idea —respondió el otro—. A la vuelta todavía estará hablando. Y si no es hoy, lo oiremos mañana. Yo no soy muy aficionado a sermones.
Rahab, la dueña de la avioneta, ofreció el volante a Níquel, apuesto mozo con quien parecía entendida Foto.
—Yo iré a tu lado, Níquel —dijo ésta—. Dame un cigarrillo por la compañía.
—No hay fuerza para volar —respondió Níquel mostrando en cero la aguja indicadora de la provisión de energía—. No tengo cigarrillos; yo no fumo.
—Entonces tú, Lahres.
—Yo tampoco fumo. Me da náuseas. Solamente las mujeres son capaces de resistir ese vicio —respondió humildemente el interpelado— si quieres una pastilla
de menta...
Rahab se encogió de hombros con desprecio y abrió la cigarrera que le tendió la otra muchacha, de cristal azul flexible como el cuero, y extrajo un rollito de papel que contenía opio y arsénico, amén de otras mercaderías sabiamente dosificadas, que excitaban y no enervaban.
En esa época la nafta, el petróleo, el carbón, la leña, eran combustibles miserables, usados solamente por los pobres. Y el tabaco negro o rubio cosa anticuada y pestífera, bueno sólo para los obreros de la más baja categoría.
Las máquinas finas se impulsaban de otro modo, y la gente educada se dopaba con alcaloides más interesantes que la vulgar nicotina.
Los alquimistas del siglo XX habían inventado un procedimiento para desintegrar la materia, primera etapa de la transmutación de los elementos.



DIOS BAJO AL INFIERNO DEL CRIMEN



La pipa de Maupin se apagó. Resopló enérgicamente antes de buscar una cerilla. Mientras encendía, formuló esta pregunta a Price:
— ¿Qué significa esto, jefe? Admite usted la maldad de Penney. Sabe que va a ir a la silla muy merecidamente, y, sin embargo, está usted pensativo.
Price se levantó de su sillón giratorio, y comenzó a pasear por el despacho, preguntando a su interlocutor:
—Guy, ¿cuál es el momento más importante de la vida? Interrumpió su marcha, y se detuvo frente a Maupin, que no había contestado.
— ¡El momento más importante de una vida es el último!—dijo, golpeando la mesa con los nudillos—. Acabo de repasar todos los antecedentes de Tom Penney. Ya en junio de 1924, teniendo quince años nada más, fue reo de robo. Desde entonces hasta la fecha, los únicos años de su vida sin actividad delictiva son los que ha pasado en la cárcel. Cayó en nuestras manos en 1924, 1925 y 1926, en cuyo año le enviamos al correccional, donde permaneció hasta 1928 ó 1929. Pero como usted ha dicho, le volvimos a enviar allí en 1930 por veinte años, aunque salió en 1937. En los últimos cinco años le hemos arrestado cinco veces... Es indudable que Tom Penney no ha vivido dignamente. Quizá por eso haré todo cuanto pueda para ver si muere como es debido.
— ¿Qué piensa usted hacer?—preguntó Maupin, sorprendido.
El jefe volvió a hundirse en su ancho sillón.
—La verdad es que no lo sé. Anderson es muy reservado y Baxter es un cabeza loco. Poco se puede hacer por ellos. Pero a Penney le conozco desde que era un chiquillo... ¿Qué podría hacer para tocarle en el corazón?...Guy Maupin no contestó, pues la pregunta de Price iba más allá de su sagacidad. Nunca había tenido una conversación más extraña que aquélla con su jefe, tan sorprendentemente preocupado por un hombre que ya apenas interesaba a la Policía. ¿Qué podría decir para librarse de un diálogo que empezaba a cansarle? Decidió cortarlo por lo sano, y dijo:
— ¡Olvídelo, jefe! Un leopardo nunca pierde las manchas de su piel, y un criminal es siempre un criminal.
Austin Price movió suavemente la cabeza. Sus ojos brillaban tras las gafas de concha.
— ¿No ha oído nunca hablar de Dimas?
—Me parece que no tengo sus huellas dactilares...
—Lo supongo, aun cuando fue un criminal de larga historia.
—Y ¿qué le pasó?
—Acabó como yo quería que acabase Tom Penney.
— ¿Cómo?
Price espació sus palabras:
—Dimas, convicto y confeso, fue condenado a muerte... Pero murió como yo deseo que muera Tom Penney... Al lado de Jesucristo... ¿Qué podría hacer yo para que Tom muriera así?
CAPÍTULO II
DIOS REÚNE SUS INSTRUMENTOS
Era casi media tarde cuando Austin Price llegó al hospital. Cruzó rápidamente el pasillo, pero atenuó sus pasos al acercarse a la habitación de su mujer. Por la puerta, entreabierta, escuchó una alegre cháchara. Sor María Lorenza charlaba con la señora Price, su hermana. A Price se le ocurrió una broma cariñosa para saludarla; pero se contuvo al empujar la puerta y ver sentada también a los pies de la cama de la enferma a la hermana Ana Roberta.
— ¡Adelante, señor Price!—exclamó ésta—. Precisamente estábamos diciendo a Birdie que debe marcharse corriendo a casa para cuidar de usted.
— ¿Te echan, eh?—preguntó el inspector mientras besaba a su mujer.
—Sí. Pero no pienso irme a casa hasta pasado mañana.
—Le gusta estar aquí—añadió la hermana María Lorenza desde el otro lado de la cama—. Se encuentra como en los tiempos en que nos peleábamos todos los días. ¿No es verdad, hermanita? La señora Price sonrió a su hermana, y preguntó a su marido:
— ¿Cómo está Jackie? Austin Price abrió mucho los ojos, y exclamó:
—Me alegro que me lo hayas recordado, cielo. Le prometí llevarle a dar un paseo esta tarde. Su madre y él deben de estar esperándome abajo.
Se volvió a la hermana Ana Roberta, explicando:
—Es el muchacho que vino de Seattle a que le viera el doctor Rankin, ¿sabe? El y su madre paran en nuestra casa.
—No me has dicho cómo está—insistió la señora Price.
—Realmente, no lo sé. El doctor Rankin no había terminado de explorarle.
Pues debías...
Un golpecito en la puerta interrumpió a la señora Price. Era la hermana María Benigna, la Superiora del hospital.
— ¡Vaya, vaya!... Tenemos reunión de familia, ¿eh?... ¿Cómo está usted, señor Price? Me alegro mucho de verle. Y usted, señora Price, ¿cómo se encuentra? Me han dicho que nos deja...
—Pasado mañana, hermana.
—Eso está muy bien. Debe recuperar completamente sus fuerzas antes de volver a esclavizar a su pobre marido, ¿no le parece, señor Price?
—No me ponga en el aprieto de tener que contestarla—replicó Price, risueño, paseando su mirada alternativamente por los cuatro rostros femeninos—. ¿Viene usted de arriba o de abajo, hermana?
—De arriba.
— ¿Ha visto por casualidad a Jackie Regan y a su madre?
— ¿El enfermito del doctor Rankin? Sí; está sentado en el vestíbulo.
—Entonces, tengo que cumplir mi promesa.
—Espera un momento—dijo la señora Price—. Hermana Benigna...
¿Estaría mal que las hermanas María Lorenzo y Ana Roberta salieran en un hermoso coche con mi marido y ese niño? Durante muchos días he insistido con ellas para que tomaran un poco el aire; pero me han hecho tan poco caso como mi marido cuando está preocupado con un asunto embrollado.
—Tampoco a mí me obedecen mucho—dijo la Superiora, mientras sus manos acariciaban las cuentas de su rosario—. Continuamente les digo a todas las hermanas que deben respirar todo el aire fresco que puedan; pero...
—El aire del hospital es mucho más sano. Piensen en la cantidad de desinfectantes y antisépticos que lo esterilizan —replicó la hermana María Lorenza.
—Bueno, bueno —contestó la Superiora—. A pesar de ello, usted y sor Ana Roberta acompañarán al inspector en ese paseo con el niño y con su madre. Yo me quedaré charlando a solas con la señora Price. ¡Váyanse! Y, volviéndose hacia Price, añadió:
—Usted tiene a su mujer todos los días de su vida, y yo la voy a tener ya muy pocas horas.
—No ha sido muy larga la visita —dijo Price a su esposa, recogiendo el sombrero que había dejado encima de la cama—; pero volveré pronto.
¿Tardarán mucho en prepararse, hermanas?
—Seguramente están en la puerta antes que usted. Las conozco bien
—contestó la hermana Benigna, empujando a las monjas fuera de la habitación.
Diez minutos más tarde, el inspector agarraba el volante del coche, Jackie, sentado junto a él, señalaba con el dedo el aparato de radio.
— ¿Se puede comunicar desde aquí con la Policía, señor Price?
¿Cómo se hace para dar órdenes?... ¿Me lo va a enseñar antes que vuelva a Seattle?
—Con esta radio no se comunica con la Policía, Jackie. Este coche es el de la señora Price, que ya oye bastantes informes y llamadas de la Policía sin necesidad de un equipo especial. Pero si tú quieres ver cómo se dan las órdenes por radio, te llevaré a la emisora después que hayamos visitado la cárcel.
La hermana Ana Roberta levantó las cejas, mirando a la otra monja, sentada a su lado, y exclamó con voz consternada:
—Pero ¿vamos a la cárcel?
—Espero que no le importe, hermana. Siempre he deseado visitar una prisión —fue el único consuelo que recibió de su veterana compañera.
Al poco rato, la hermana María Lorenza experimentó cierto sobresalto al ver que, en efecto, el coche se dirigía hacia la cárcel del Condado. Pero rápidamente se sintió tan curiosa como el mismo Jackie, y decidió no perder detalle de lo que iba a ver. Al ayudarla a bajar del coche, sor María Lorenza advirtió que el brazo de la hermana Ana Roberta temblaba. « ¿A qué viene este miedo, que yo también siento? —se dijo—. Antes había Hermanas de la Caridad en las cárceles...» Pero en seguida pensó que no habían sido Hermanas de la Caridad de Nazaret ni estuvieron en los calabozos de la cárcel del Condado de Fayette. Entonces creyó advertir una chispa burlona en los ojos de su cuñado. ¡Si pensaba que las monjas iban a asustarse, ellas le demostrarían lo contrario! Supongo que nos permitirás verlo todo, ¿no? —dijo, mientras el inspector echaba la llave al coche.
—De arriba abajo—contestó Price, sonriente, dirigiéndose hacia la entrada.
Después de visitar las oficinas, el inspector llevó a las hermanas a ver las despensas y la enorme cocina. El orden y la limpieza que en ellas reinaba impresionó a las monjas.
—Y ¿no vamos a ver las celdas y los presos? —preguntó Jackie, a quien importaban tan poco los fogones, los hornillos y las calderas, como a las monjas los palos del hockey o los patines de ruedas.
—Ahora los veremos —dijo el inspector, guiando a los visitantes hacia la galería de celdas del segundo piso.
Con el rabillo del ojo observaba a las monjas. Sor Ana Roberta parecía un poco asustada; pero Sor María Lorenza caminaba con la misma calma y seguridad que si anduviera por los pasillos del hospital. De pronto, Austin Price se puso a pensar con qué podría sobresaltar a su cuñada. Pero antes que se le ocurriera alguna idea, fue Sor María Lorenza quien le sobresaltó a él, preguntándole tranquilamente:
— ¿Está aquí Tom Penney?
— ¿Te gustaría hablar con él?
Por el rápido relámpago de alarma que brilló en los ojos de su cuñada, creyó un instante Austin Price haberla sobresaltado. Pero la monja replicó sin titubeos:
—Me encantaría.
— ¡Tom! —gritó el inspector, avanzando rápidamente hacia una de las celdas centrales.
Un hombre alto y rubio se asomó a la reja. Pero tan pronto como sus ojos vieron los hábitos de las religiosas, bajó la mirada y la cabeza. El inspector metió su mano por entre los barrotes y estrechó la del preso —Es Sor María Lorenza, mi cuñada, Tom. Y esta otra es su compañera, la hermana Ana Roberta.
Penney echó una rápida ojeada a cada una, haciéndoles un ligero saludo con la cabeza.
—Las dos pertenecen al Hospital de San José.
—Las conozco—dijo Tom—. Las he visto algunas veces cuando yo trabajaba frente a San José.
— ¿Ah, sí?—exclamó la hermana Ana Roberta. Y, acercándose a los barrotes, añadió—: Quiero que sepa que las monjas de San José rezamos por usted, señor Penney.
— ¡Gracias! —respondió, confusamente, el prisionero.
— ¿Sabe usted el Padrenuestro, Tom?—preguntó la hermana María Lorenza.
—Temo haberlo olvidado, hermana.
—Bueno; entonces bastará con que diga a menudo: ¡Ten piedad de mí, Jesús mío!
—Sí, señor Penney—añadió la hermana Ana Roberta—. Ningún pecado es demasiado grave para que Él no lo perdone. ¡Y Dios le ama! Austin Prince observaba al preso mientras las monjas le hablaban.
Nunca había visto a Tom tan atento a las palabras de nadie. Era una concentración totalmente distinta a la tensión reflejada en su rostro, alerta durante los interrogatorios. Ahora parecía ansioso de captar la enorme importancia de la frase más sencilla.
—Gracias, hermanas. Les agradezco mucho que hayan venido a verme. Y también a usted, señor Price, por haberlas traído.
—También hay aquí un chico que quiere verle, Tom. Es Jackie Regan, de Seattle. Esta señora es su madre.
— ¡Hola!—dijo Jackie, ofreciéndole la mano a través de la reja.
—Hola —respondió Tom, estrechándosela, mientras una leve sonrisa cruzaba por su rostro.
El grupo de visitantes se alejó. Tom Penney volvió a su camastro. Se sentó en el borde, escondiendo la cabeza entre sus manos.
«¡Ten piedad de mí, Jesús mío! —musitó, con el ceño fruncido—. «¡Quisiera recordar el Padrenuestro!...»
Pera antes de recordarlo, Tom Penney sonrió con amargura.
Cínicamente encendió un cigarrillo, y mientras arrojaba la cerilla al rincón más lejano, imaginó lo que Bob Anderson y los demás presos pensarían de él si supieran que le gustaba rezar. Despectivamente echó una bocanada de humo hacia el techo, y se tumbó todo lo largo que era en el camastro.
Clavando la vista en el punto en que se unían los barrotes y el techo, recordó los acontecimientos de las últimas semanas. Hizo una mueca de desagrado y murmuró:
— ¡Vaya suerte podrida!...
Pensaba en el último sábado de septiembre. Cuando entraron en el Club, ni Anderson ni él tenían intención de disparar. Baxter les había asegurado que sólo había allí una vieja, y que la cosa sería tan fácil como quitar un caramelo a un chico. En seguida tendrían mucho dinero.
— ¡Sí, sí, mucho dinero!... ¡Cien cochinos dólares para todos!
Se incorporó y volvió a sentarse al borde de la cama, moviendo colérico la cabeza al pensar que todo podía haberse hecho mucho mejor.
Todos sabían que Baxter era un cabeza loca... Claro que cuanto les dijo parecía razonable. Un gentío despilfarrador frecuentaba el Club de Campo de Lexington, sobre todo los sábados por la noche, que había baile, y no era difícil que dejara allí entre cinco y diez mil dólares.
Tom se levantó y comenzó a pasear por la celda, tratando de apartar la memoria de lo ocurrido aquella noche terrible en el Club. ¿Por qué tomó la pistola de Anderson? Habían entrado completamente desarmados. Las luces de un coche que pasó les inquietó, y salieron a ver si se detenía o pasaba de largo. Fue entonces cuando salieron a relucir las pistolas. ¿Por qué lo hicieron? Habían arrancado el conmutador del control de alarma y cortado los hilos del teléfono, y tenían la seguridad de que no había ningún hombre por los alrededores. ¿Por qué cogió la pistola de Anderson?
— ¡Bah!—gruñó y encendió otro cigarrillo—. No creo que fuera muy distinto ahora, puesto que yo estaba con Bob cuando apretó el gatillo.
Una vez más se echó en la cama, lanzando bocanadas de humo al techo, mientras recordaba, admirado, el valor y la fuerza de Marion Miley.
No recordaba haberla visto en su vida. Pero desde que los periódicos lo dijeron, estaba seguro de que fue ella quien salió de su habitación, y no solamente le agarró —tenía más de seis pies de huesos y músculos—, sino que le derribó al suelo. Fue entonces cuando sacó la pistola.