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sábado, 16 de diciembre de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS. SAN JUAN EUDES




La séptima es una llama de amor consumativo. Porque hacer exactamente y de todo corazón lo que dice el Hijo único de María, es la perfección y la consumación de la suma felicidad.
3. ELEVACIÓN
Santa Catalina de Génova, sintiendo su corazón totalmente inflamado en el amor divino, exclamaba: "¡Oh, si pudiese decir lo que pasa en mi corazón, al que siento arder y consumirse interiormente! Lo único que puedo decir es que, si una gotita del amor que abrasa mi corazón pudiese caer en el infierno, cambiaría el infierno en paraíso, a los diablos en ángeles y las penas en consuelos". Si el fuego del amor divino produjo tal incendio en el corazón de esta Santa, piensa lo que haría en el Corazón de la Reina de todos los Santos.
No estaban más que los tres jóvenes hebreos en el horno de Babilonia; pero todos los hijos de la Madre de Dios tienen su morada en el horno de su Corazón, como en un paraíso de delicias, donde alaban y glorifican a Dios continuamente con su divina Madre y con los corazones llenos de gozo y de consuelo (3).
¡Oh, fuego divino que abrasáis el nobilísimo Corazón de nuestra gloriosa Madre! Venid a los corazones de todos los hombres; apagad en ellos cualquiera otro fuego; consumid todo lo que os es contrario; abrasadles, inflamadles, transformadles en vos mismo para que sean un puro fuego y una pura llama de amor hacia Aquel que los ha creado para amarle. Haced que digamos con San Agustín y con sus mismas santas disposiciones: "¡Oh fuego santo!, ¡qué dulcemente ardes, qué secretamente luces, y con cuánto deseo quemas! ¡Ay de aquellos que son iluminados y no de ti; ay de los que arden y no por ti! Venid, pues, fuegos sagrados; venid, celestes llamas; venid brasas del cielo; venid torrentes, venid diluvios de fuego adorable y eterno, fundíos sobre nosotros y sobre todos los hombres.
Encendedlo todo, abrasadlo todo, consumidlo todo.
Duodécimo del Corazón santísimo de María: el Calvario La duodécima imagen del Sagrado Corazón de la Virgen es el Calvario; esa imagen nos pone delante de los ojos el estado doloroso del Corazón crucificado de la Madre del Salvador al tiempo de la pasión de su Hijo.
§ 1. LA SANTA MONTAÑA
¿Qué es el Calvario? Una montaña la más ilustre y digna de la Tierra Santa. ¿Qué es el Corazón de María? El lugar más ilustre y digno de su cuerpo y de su alma. El Calvario es el monte Moriath en donde Dios mandó a Abrahám inmolar a su hijo. Y  como el verdadero Salomón ha establecido su templo y su santo altar en el Corazón de María; así también sobre este templo y altar ha inmolado Ella a su amadísimo y adorable Isaac, no sólo en el afecto, sino en la realidad.
El Calvario es el lugar donde la cruz de Jesús ha sido plantada; de igual modo el primer lugar donde lo ha sido el Corazón Santísimo de María. El Calvario ha sido regado por la sangre de Jesús; y el Corazón de María, por el amor y la compasión, ha sido penetrado, henchido de los dolores de Cristo.
Las espinas han punzado la cabeza adorable de mi Salvador; los clavos han traspasado sus manos y sus pies; la lanza ha rasgado su Corazón; y todas las llagas han cubierto el cuerpo del Señor de la cabeza a los pies. Pero -dice San Agustín (1), la Cruz y los clavos fueron a un mismo tiempo del Hijo y de la Madre. Y San Jerónimo, o mejor San Sofronio de Jerusalén (2), dice que "cuantas heridas hubo en el cuerpo de Cristo, otras tantas existieron en el Corazón de la Madre; cuantas espinas, clavos, golpes hirieron el cuerpo del Hijo, fueron otras tantas flechas que atravesaron el Corazón de la Madre. No recibía una herida el cuerpo del Hijo que no tuviera un eco triste en el Corazón de la Madre.
§ 2. EL CORAZÓN COMPASIVO
Oh Reina mía, dice San Buenaventura (3), Vos no estabais solamente junto a la cruz de vuestro Hijo; sino que estabais con El en la misma Cruz; sufríais con El, erais con El crucificada. No hay más que esta diferencia: que lo que El sufre en su cuerpo, Vos lo sufrís en vuestro Corazón. Todas las llagas que lleva en todo su cuerpo, están reunidas en vuestro Corazón; porque la espada del dolor ha traspasado vuestra alma. Vuestro Corazón Virginal, Oh Soberana mía, ha sido rasgado por la lanza, traspasado por los clavos y las espinas, cargado de oprobios, ignominias y maldiciones, embriagado por la hiel y el vinagre. Oh venerabilísima Señora, ¿por qué queréis ser inmolada por nosotros? ¿La pasión del Salvador no es suficiente para nuestra salvación? ¿Es necesaria que la Madre sea también crucificada con el Hijo? Oh Corazón dulcísimo que sois todo amor, ¿es necesario que seáis todo transformado en dolor? Miro vuestro Corazón, Oh amadísima Señora, y ya no veo amor, sino hiel amarguísima, mirra y absintio.
Veo a mi Redentor crucificado -dice el Santo Abad premonstratense (4), sufriendo, agonizando, muriendo y muerto sobre el Calvario; pero al mismo tiempo lo contemplo en sus sufrimientos, agonía y muerte en el Corazón de su Madre. Viviendo, vive con su Hijo; cuando muere, también muere con El. El Hijo es crucificado en su cuerpo, dice el Santo Patriarca de Venecia (5), y la Madre lo es en su Corazón. ¿Pues qué? -nos dice San Bernardo (6), ¿Cristo pudo morir en el cuerpo, y la Virgen no tuvo que con-morir en el Corazón?
§ 3. HIJOS DEL CORAZÓN DE MARÍA
En el Calvario, el Hijo único de María, por un exceso de bondad incomprensible, nos ha hecho un don inestimable, cuando hablando a cada uno de nosotros en la persona de San Juan; y dirigiéndose a su Madre, nos dijo: "He ahí a tu Madre". Allí ha sido también donde esta Madre de Jesús, que no tiene más que un solo sentimiento y un solo amor con su Hijo, se nos ha dado con un solo Corazón y un solo amor, para ser nuestra verdadera Madre; y habiendo ella recibido estas palabras de su Hijo en su Corazón maternal, han hecho eco con las de su hijo, para decirnos derechamente a cada uno de nosotros: he aquí a tu Madre. De suerte que si Jesús nos dice: he ahí a tu Madre, María nos dice también: he aquí a tu Madre.
Que cada uno de nosotros diga también con Jesús a esta buena Madre: he aquí a tu Hijo. Que desee honraros, amaros e imitaros corno a su Madre. ¡Miradme, por favor, oh amabilísima Madre! Amadme, obrad conmigo, protegedme, conducidme, como a vuestro hijo, aunque sea infinitamente indigno de esta cualidad.
§ 4. CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS
Veis, pues, mi amado lector, cómo el Calvario es una excelente imagen del Corazón Sagrado de la Madre del Salvador.
¿Queréis que vuestro corazón tenga alguna semejanza con el Corazón de vuestra Madre? Poned en su centro la Cruz de su Hijo Jesús; o más bien, suplicadle que la ponga El mismo y que imprima en él un grande amor por la misma Cruz; él os hará abrazar, amar y sufrir todas las cruces que los sobrevengan, con espíritu de humildad, de paciencia, de sumisión a la divina voluntad; y con las demás santas disposiciones con las cuales el Hijo de María y la Madre de Jesús han llevado su pesada Cruz.
Pero es necesario que sepáis que, as¡ como el Corazón de la Virgen bienaventurada ha sufrido una infinidad de angustias y tribulaciones, así también está lleno de caridad y de compasión hacía los corazones afligidos; y Dios le ha dado un poder particular de consolarlos. Recurrid a Él en todas vuestras penas con humildad y confianza; y sentiréis los efectos de la bondad incomparable y del poder maravilloso del Corazón benignísimo de vuestra caritativa Madre.
§ 5. ORACIÓN FINAL
Bendito seáis, oh Padre celestial, Pintor divino, por estos doce cuadros que nos habéis dado del Corazón Sagrado de nuestra Madre gloriosa. Complaceos, os rogamos, en añadir un último cuadro en nuestros propios corazones: imprimid en ellos una semejanza perfecta del amor, de la caridad, de la humildad, de la pureza, y de todas las demás virtudes de este Santísimo Corazón, para que los corazones de los hijos sean semejantes  al Corazón de la Madre; y para que os amen y os glorifiquen eternamente con Ella.


 FIN DEL LIBRO

viernes, 15 de diciembre de 2017

BREVE RESUMEN DE LOS ERRORES DEL CONCILIO VATICANO II


La marisma niega, además, el libre albedrío (defendido sólo por algunas exégesis minoritarias consideradas heréticas) y profesa un determinismo absoluto, que no deja lugar en el mundo a relaciones causales auténticas, visto que todas nuestras acciones, buenas o malas, están ya "consignadas" en el decreto inescrutable de Alá (Corán 54,52-53).
9.6.1 El reconocimiento de Lumen Gentium § 16 se repite en la declaración Nostra Aetate de manera más detallada y grave: «La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al Dios único, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra (cf San Gregorio VIL Epist. 21 ad Anzir (Nacir), regem Mauritaniae: PL 148, 450s), que habló a los hombres [qui unicum Deum adorant (...) homines allocutum], a cuyos escondidos decretos procuran someterse con toda el alma [cuius occultis etiam decretis tato animo se submittere student] como se sometió Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia» (NA § 3).
Aquí se afirma sin más ni más que el dios en quien creen los islamitas "habló a los hombres" (1). Así que ¿pretende hacer ver con ello el concilio que considera auténtica la "revelación" transmitida por Mahoma en el Corán? Si fuera así, ¿no tendríamos aquí una apostasía implícita de la fe cristiana, dado que la "revelación" expuesta en el Corán contradice expresamente todas las verdades fundamentales de aquélla? Por añadidura, se describen las creencias de la muslemía exactamente igual que ésta las entiende, como si se las aprobase. En efecto, se usa -la imagen de la "sumisión a Dios", que no otra cosa es lo que significa la voz "islam" (sumisión), cuyo adjetivo sustantivado es muslim, musulmán (sometido [a Dios]). La frase entera parece un eco de Corán 4, 125: «¿Quién es mejor, tocante a religión, que quien se somete a Dios, hace el bien y sigue la religión de Abraham, que fue Hanif [un monoteísta puro]?». Por último, la referencia a la obediencia a los "escondidos decretos" de Alá tiene un marcadísimo sabor islámico, puesto que nos recuerda que a Alá se le define en el Corán como "el Visible y el Escondido" (Corán 57, 3) (Visible en sus obras y Escondido en sus decretos): como si el concilio hubiese querido hacer comprender con ello que su "aprecio" no retrocedía ante el carácter ambiguo, turbio, impenetrable, de la entidad que habla en el Corán.
El elogio del Vaticano II a la "fe" de Abraham profesada por los musulmanes, como si constituyese una característica que los acerca a nosotros, oculta la verdad, ya que, como se sabe, el Abraham del Corán, embebido de elementos legendarios y apócrifos, no coincide con el Abraham verdadero, que es obviamente el de la Biblia, visto que el Corán le atribuye a Abraham un monoteísmo denominado "puro", es decir, antitrinitario, anterior al judeocristiano, que Mahoma, en cuanto profeta árabe, descendiente de Abraham por la línea de Ismael, fue llamado por Dios a restaurar, liberándolo de las presuntas falsificaciones de hebreos y cristianos (1).
9.6.2 Nostra Aetate muestra que también toma seriamente en consideración la veneración que los agarenos profesan a Jesús y a la Santísima Virgen: «Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su madre virginal, y a veces también la invocan devotamente» (NA § 3. cit.).
Se sabe, empero, que la "cristología" del Corán se basa en el Jesús torcido y desfigurado de los evangelios apócrifos y de las herejías gnósticas de distintos tipos que pululaban en Arabia en tiempos de Mahoma. Nos muestra a un Jesús (Isa) nacido de una virgen por intervención divina (del ángel Gabriel), profeta particularmente acepto a Alá, un mero mortal, bien que milagrero por concesión de Alá; un profeta, pues, que predicó el mismo monoteísmo atribuido a Abraham (Corán 57, 26-27), cuya fórmula reza así: «No hay ningún otro dios que Dios, el Uno, el Invicto» (Corán 38, 65). Por eso Jesús, según la marisma, fue un "siervo de Dios" (Corán 19,30), un sometido a Alá, o sea, un muslim, un musulmán, como Abraham, hasta el punto de que anunció, al igual que éste, la venida de Mahoma (Corán 61, 6) (1). Cuando los sarracenos veneran a Jesús como profeta, lo entienden, pues, como "profeta del Islam", mentira que no puede aceptar ningún católico que siga conservando la fe, como es obvio.
a9.6.3 Por lo que se refiere a la veneración islámica de la Santísima Virgen, a quien a veces los moros "invocan devotamente", fuerza es precisar que constituye un culto irrelevante, de fondo supersticioso; un "culto", en cualquier caso, que se enseñe o mande en cuanto madre de un "profeta del islam", no en cuanto madre de Dios: un culto desde luego ofensivo para oídos católicos.
Hay que replicar, además, que también la "mariología" del Alcorán está corrompida por entero: trae origen de un libro de fuente apócrifa y herética, ignora por completo la existencia de San José y del Espíritu Santo, llama a la Virgen María "hermana de Arón", hermano de Moisés, e «hija de Imram» (en hebreo: Arnram), que era su padre (Núm 26, 59), uniéndola nada menos que con María la profetisa (Ex 15,20), que vivio alrededor de doce siglos antes de Cristo.
Para colmo, inserta a la Virgen María en la aborrecida Trinidad de los cristianos, a la que rechaza con acritud, y que consta, al decir del Alcorán de Dios (Padre), María (Madre) y Jesús (HIJO): «y cuando dijo 'Dios: "[Jesús, hijo de María! ¿Eres tú quien a dicho a los hombres: 'Tomadnos a mí ya mi madre como a dioses [literalmente: 'como a dos dioses'], además de tomar a Dios! Dijo [Jesús]: "Gloria a Ti! ¿Cómo voy a decir algo que no tengo por verdad? [Corán 4, 171; 5, 73] Si lo hubiera dicho, Tu lo habrías sabido. Tú sabes lo que hay en mí [es decir: 'cómo pienso'], pero yo no sé lo que hay en Ti, Tú eres Quien conoce a fondo todas las cosas ocultas"» (Corán 5, 116).
9.6.4 Por remate de todo, Nostra Aetate § 3 cit. parece loar a los agarenos y señalarlos como ejemplo a los católicos porque «esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerara a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral y honran a Dios, sobre todo, con la oración, las limosnas y el ayuno»; razón por la cual el concilio «exhorta a todos a que, olvidando lo pasado», es decir, las «no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes» que surgieron en el transcurso de los siglos, «procuren con sinceridad comprenderse mutuamente, defender y promover unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres» (NA, ibid.).
También aquí se tuerce con violencia el significado de los hechos históricos, porque se reducen artificiosamente a meras "desavenencias y enemistades" las luchas sangrientas, largas cruentas, fe contra fe, que hubimos de sostenerla lo largo de los siglos rechazar el asalto del islam. Además, también se pasan por alto las diferencias abisales que median entre la escatología católica y la islámica (la carencia de una verdadera visión beatífica, la carnalidad del paraíso, la eternidad de las penas infernales sólo para los infieles), por no mencionar la incompatibilidad absoluta de su concepción de la "vida moral" y del "culto" con la nuestra: el islam es una religión que, además de admitir instituciones moralmente inaceptables como la poligamia, con todos sus corolarios, pretende garantizar la salvación nada más que con solas las prácticas legales del culto; constituye, pues, una religión exterior y legalista, aún más que el fariseísmo, condenado por Nuestro Señor a boca llena (cf. Mt 6, 5). Todo eso se pasa en silencio para invitarnos a una colaboración imposible con la morisma, aunque sólo sea porque ésta no da a las expresiones "justicia social", "paz", "libertad", etc., otro significado que el que puede inferirse del Corán y de la Asuna (lo que dijo e hizo Mahoma), según los ha entendido la interpretación "ortodoxa" a lo largo de los siglos: un significado islámico, absolutamente distinto del nuestro. Por poner un ejemplo, la morisma agarena no entiende la paz ni siquiera a la manera del Pontífice actualmente reinante: al no admitir que los islamitas puedan vivir bajo los infieles, dividen el mundo en dos: la parte donde domina el islam (dar al-islam: morada del islam) y todo el resto, forzosamente enemigo hasta que se convierta o someta (dar alharb: morada de la guerra). La comunidad islámica se considera siempre en guerra con ese resto del mundo; de ahí que la paz no sea para ella un fin en sí, que permita la convivencia de Estados y religiones diversos: no es más que un medio dictado por las circunstancias, que obligan a pactar armisticios con los infieles; deben gozar de una duración limitada (no más de diez años); y la guerra debe reanudarse siempre que se pueda -constituye una obligación moral para el agareno, de cuño jurídico-religioso- hasta la infalible victoria final: la instauración de un Estado islámico mundial. Continuara...


Siria: nuevos conflictos después de la derrota de Daesh


Dos hechos han marcado recientemente la guerra antiterrorista ejercida por el Gobierno de Bashar al-Asad y que determinan una preocupación sin igual.

Pues abatir al grupo terrorista EIIL (Daesh, en árabe) no es el único objetivo ya que se avecina una tormenta propiciada por las élites violentas que no cesan en su creación negativa.

En primer lugar, los “rebeldes moderados” u oposición armada han realizado vastas reuniones entre sus comandantes y representantes israelíes para supuestamente preparar una ofensiva conjunta en el valle de Yarmuk (oeste de Daraa), con el fin de minimizar la presencia de EIIL en el área. Ello demuestra la connivencia entre el régimen de Israel y el terrorismo “prudente” con el fin de apoderarse de Siria y supeditarlo a éste.

En segundo lugar, los recientes intentos de un avión de combate F-22 de la Fuerza Aérea de EE.UU., tratando de impedir que dos aviones rusos Su-25 bombardearan una base de EIIL en la orilla occidental del río Eúfrates, ratifica el apoyo de este régimen al terrorismo. Unido a la reciente decisión de Donald Trump al declarar a Al-Quds (Jerusalén) capital judía, iniciando el trámite para trasladar su embajada de Tel Aviv, da un espaldarazo al régimen sionista quien ha afirmado que establecerá más de catorce mil familias en la región ocupada, implosionando la crisis en Palestina e impidiendo cualquier solución.

Por ello, determinar que Daesh ha sido derrotado implica que es necesario prevenir todas las acciones desesperadas que procederán de este engendro, sin descuidar las acciones desestabilizadoras latentes para fragmentar Siria. En este sentido, hay tres puntos de conflicto que deben ser considerados plenamente y se relaciona con la interrogante: ¿Cuál será el destino de Siria?

El mapa de la posible (próxima) confrontación y los probables puntos de contacto son:

Los altos del Golán.
El territorio ocupado por el régimen sionista desde 1967 se ha constituido en una frontera con Siria y sólido bloque defensivo de Israel, agrediendo a todo aquel que ose penetrar esta franja al instituirla como parte indisoluble de Israel. Desde allí se apoya la infiltración y atentados contra el pueblo sirio y su Ejército.

Por ello, el Ejército Árabe Sirio ha comenzado su batalla decisiva para capturar la ciudad clave de Mughar al-Mir cerca de los ocupados altos del Golán, apoderándose de casi todo el bolsillo de Beit Jinn, dejando solo una colina entre ellos y la ciudad clave de Mughar al-Mir. Hacer este frente es complicado por la constante interferencia israelí que a menudo allana el camino para que los rebeldes extremistas obtengan ganancias temporales.

Consolidar dicho lugar estratégico indica que pronto puede iniciarse alguna confrontación de mayor envergadura provocada por el régimen israelí.

La ocupación estadounidense.
La reciente declaración del teniente coronel Damien Pickart, vocero del Comando Central de la Fuerza Aérea de los EE. UU., afirmando que la industria aeroespacial sobre la ribera oriental del río Eúfrates pertenece a la coalición liderada por Estados Unidos y que bombardearán a quien cruce dicha demarcación, coincide con quienes manifiestan el desprecio por una nación soberana y recalcan que los esfuerzos de la coalición no se centran en atacar a EIIL sino en impedir su destrucción. La coalición ya emitió un comunicado en el que dejó claro que apoyará las ofensivas de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) en su avance hacia la ciudad de Deir Ezzor (este), que fue desbloqueada por el Ejército sirio después de casi tres años del asedio del EIIL.

Esta coalición, que opera ilegalmente desde 2014 en Siria sin el aval de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ha proporcionado equipos, apoyo logístico e inteligencia a las fuerzas kurdas durante las batallas, aunque recientemente Donald Trump anunció la suspensión de esta ayuda en una reunión con su homólogo, Vladimir Putin.

Sin embargo, la mantención de dos bases, Al-Tanf y Al-Zkuf, confirman lo expuesto por el periódico The Washington Post según el cual Washington mantendrá su contingente para establecer un nuevo gobierno en el país. Por dicha razón, no es extraño que Trump acabe de justificar los ataques aéreos de Estados Unidos contra las fuerzas del Gobierno sirio como “medidas legales” para contrarrestar las amenazas a las fuerzas estadounidenses en el país, corroborando su proyecto hegemónico ilegal.

La creación del Nuevo Ejército Sirio.
El jefe adjunto del Consejo Democrático Sirio, Riad Darar, alto líder de las Fuerzas Democráticas Sirias, en una entrevista concedida a la cadena kurda de televisión Rudaw, ha anunciado que sus efectivos se unirán al Ejército sirio una vez cese la lucha antiterrorista, sin descartar que continúe su cooperación con Estados Unidos. Igualmente, expresó estar preparado para el hecho de mantener una negociación con el Gobierno de Damasco después de que reine la paz en territorio sirio y del establecimiento de un sistema federalista de gobierno. Según Darar, las FDS se unirán al ejército sirio recién formado, no a uno leal al actual Gobierno de Damasco, orientado por la Coalición Nacional Siria de Fuerzas Revolucionarias y Opositoras.

Ahora que se ha descubierto que la coalición estadounidense se alió con EIIL a través de las FDS para no verse involucrado directamente, aunque fue el gestor de los contactos a través de la inteligencia, el proyecto desestabilizador queda en evidencia clara.

Por su parte, el presidente sirio, Bashar al-Asad ha asegurado que la lucha antiterrorista no acabará después de la liberación de la ciudad de Deir Ezzor. Por otro lado, el Gobierno sirio rechaza ampliamente la actuación de las Unidades de Protección Popular (YPG) y las llamadas Fuerzas Democráticas Sirias, que han sido acusadas de detener el avance de las fuerzas gubernamentales ante Daesh en la provincia oriental de Deir Ezzor.

Así, las últimas declaraciones según las cuales EE.UU. dejará de suministrar armas a las milicias kurdo-sirias en consonancia con la promesa de Donald Trump a su par turco, Recep Tayyip Erdogan, corrobora la ayuda inmensa prestada por el Pentágono y el conflicto desatado en forma de injerencia foránea, siendo de dudar en su sinceridad.

Es de precisar que siendo todavía Daesh un problema serio, sus recientes combates con Al-Qaeda no son una fuente de división ni un debilitamiento sustancial como se ha informado profusamente. Por el contrario, el plan secreto de EE.UU. revelado por el ex portavoz de las FDS, que confirma todos sus intentos de engrosar la violencia injerencista, se ve reflejado por el presidente de Sudán, Omar al-Bashir, quien asegura que detrás de los problemas actuales de Oriente Medio está la política de Estados Unidos.

Tal vez la reflexión hecha en la página South Front sea una síntesis interesante del tema: “Ahora, cuando este plan falla, Washington está en un callejón sin salida. Por un lado, no puede aceptar oficialmente a Al-Asad en el poder. Por otro lado, no tiene opciones reales, pero acepta a Al-Asad en el poder. Por lo tanto, es probable que Estados Unidos aumente sus esfuerzos para dividir a Siria mediante el apoyo a las intenciones separatistas de las Fuerzas Democráticas Sirias, dominadas por los kurdos y respaldadas por Estados Unidos, que controlan gran parte del este de Siria. El objetivo de esta estrategia es construir un enclave independiente de facto dentro de Siria. Este enclave estará controlado casi en su totalidad por los EE.UU. Porque sin el apoyo financiero y militar estadounidense será incapaz de vivir.”

1.  https://southfront.org/trump-administration-bows-reality-accepts-assad-power-2021-media/


jueves, 14 de diciembre de 2017

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY


«Ved al pobre Niño en la cueva, que recibe la pobreza, la desnudez, la compañía de los animales, todas las inclemencias del tiempo, el frío y todo cuanto permite su Padre que le venga. No está escrito que haya extendido sus manos en busca del seno de su Madre, mas no rehúsa los pequeños alivios que Ella le da. Recibe los servicios de San José, las adoraciones de los reyes y de los pastores, y todo con la misma igualdad de ánimo. Así nada debemos nosotros desear ni nada rehusar, sino sufrir y recibir con igualdad de ánimo todo lo que la Providencia permita que nos suceda.»
«Si se hubiera preguntado al dulce Niño Jesús llevado en brazos de su Madre, a dónde iba, ¿no hubiera tenido razón en responder: Yo no voy, es mi Madre la que va por mí?, y a quien le hubiera preguntado: Pero al menos, ¿no vais Vos con vuestra Madre?, hubiera podido con razón decirle: No; yo no voy en manera alguna, o si voy allí donde mi Madre me lleva, no es por mis propios pasos, es por los pasos de mi Madre que voy. A la manera que mi Madre va por mí, así Ella quiere por mí y yo la dejo igualmente el cuidado de ir como el de querer. Su voluntad basta para Ella y para mí, sin que yo tenga querer alguno en lo tocante a ir o venir; no me importa si camina aprisa o despacio, si va por ésta o la otra parte; no me opongo a su deseo de ir acá o allá y me contento con estar siempre en sus brazos y mantenerme bien unido a su amante cuello. »
En su huida a Egipto, Nuestro Señor, que es la Sabiduría eterna, y que gozaba del perfecto uso de la razón, no advierte a San José o a su dulcísima Madre nada de cuanto había de acontecerles. Nada quiso emprender sino por el encargo del ángel Gabriel que había sido destinado por el Padre para anunciar el misterio de la Encarnación, para ser desde entonces como el ecónomo general de la Sagrada Familia, para cuidar de ella en los diversos acontecimientos. Este Niño Todopoderoso, pero manso y humilde de corazón, se dejaba llevar a donde querían y por quien quería llevarle, se abandonaba dócilmente en manos del ángel por más que éste no tenía ni ciencia, ni sabiduría que pudieran compararse con su divina Majestad.
«Algunos contemplativos han supuesto que Nuestro Señor en Egipto, en el taller de San José y durante los treinta años de su adorable vida oculta, se ocupaba algunas veces en hacer cruces», y las ofrecía a sus amigos -método que no ha variado-. Devorado del celo por la gloria de su Padre, de la Iglesia y por las almas, «tuvo mil amorosos desfallecimientos; veía la hora de ser bautizado con su propia sangre y languidecía suspirando en tanto que esto llegaba, a fin de vernos libres, por su muerte, de la muerte eterna». Y sin embargo, cuando entra en el Huerto de los Olivos, se entrega a los terribles asaltos del temor y de las repugnancias, «sufriéndolos voluntariamente por amor nuestro, pudiéndose librar de ellos. El dolor le causa angustias de muerte, y el amor un ardiente deseo de ella, una cruel agonía entre el deseo y el horror a la muerte, hasta la abundante efusión de su sangre que corre como de una fuente y riega la tierra». Con todo, no cesa de repetir en amoroso abandono: «Padre mío, hágase vuestra voluntad y no la mía». En consecuencia, «déjase prender, maniatar y conducir a gusto de los que quieren crucificarle, con un abandono admirable de su cuerpo y de su vida, poniéndolos en sus manos. De igual modo van a entregarse su alma y voluntad por una perfectísima
indiferencia en manos de su Padre Eterno».
Mas antes, un supremo dolor y el más terrible de todos le espera «sobre la cruz», cuando después de haber dejado todo por el amor y la obediencia de su Padre, fue como dejado y abandonado de El; y empujada su barca a la desolación por el torrente de las pasiones, apenas sentía la brújula de su vida, que, sin embargo, no sólo miraba a su Padre, sino que le estaba inseparablemente unida; cosa que la parte inferior ni sabía ni de ella se apercibía, ensayo que la divina Providencia jamás ha hecho ni hará en ninguna otra alma, pues no lo podría soportar. Para mostrarnos lo que podemos y debemos hacer cuando nuestras penas llegan a su colmo, quejóse filialmente a su Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Mas apresúrase a añadir con todas sus fuerzas y con la más amorosa sumisión: «Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu», dando así a su Padre y a nosotros el supremo testimonio de su amor, «muriendo en el amor, por el amor, para el amor y de amor». Al mismo tiempo, nos enseña -«cuando nuestros males están en su apogeo, y mientras las convulsiones de las penas espirituales nos quiten cualquiera otro género de alivios y de medios de resistir a poner nuestro espíritu en manos de Aquel que es nuestro verdadero Padre, y, bajando la cabeza de nuestra aquiescencia a su beneplácito, a entregarle toda nuestra voluntad».
Este continuo abandono de niño pequeño se ha dignado Nuestro Señor extenderlo a toda suerte de peñas y pruebas, pues «fue afligido en su vida civil, condenado como un criminal de lesa majestad divina y humana y atormentado con extraordinaria ignominia; en su vida natural, muriendo entre los más crueles y sensibles tormentos que se pueden imaginar; en su vida espiritual, sufriendo tristezas, temores, espantos, angustias, abandonos y aflicciones interiores, que jamás encontrarán semejante»; y todo con entera y sumisa voluntad. «Pues aunque la parte superior de su alma estuviera soberanamente gozosa de la gloria eterna, el amor impedía a esta gloria difundir sus delicias y sentimientos, tanto en la imaginación, como en la parte inferior, dejando así el corazón a merced de la tristeza y angustia.»
De esta suerte nos da ejemplo para que aceptemos con corazón magnánimo y sin rechazarlas jamás esas mil pruebas del orden natural o espiritual, de que nos resta hacer una rápida exposición.
3. Ejercicio del Santo Abandono
1. OBJETO DEL ABANDONO EN GENERAL
No estará de más recordar la distinción entre la voluntad de Dios significada y su voluntad de beneplácito, ya que en esto está el nudo de la cuestión.
Por la primera, Dios nos significa claramente y manifiesta de antemano y de una vez para siempre, «las verdades que hemos de creer, los bienes que hemos de esperar, las penas que hemos de temer, lo que hemos de amar, los mandamientos que se han de observar y los consejos que se han de seguir». Las señales invariables de su voluntad son los preceptos de Dios y de la Iglesia, los consejos evangélicos, los votos y las Reglas, las inspiraciones de la gracia. A estas cuatro señales puede añadirse la doctrina de las virtudes, los ejemplos de Nuestro Señor y de los Santos.
Ahora bien, el beneplácito de Dios no es conocido de antemano, y por regla general está fuera del dominio de nuestros cálculos, y con frecuencia hasta desconcierta nuestros planes. Solamente nos será manifestado por los acontecimientos, ya que los elementos que constituyen su objeto no dependen de nosotros sino de Dios, que se ha reservado su decisión. Por ejemplo, dentro de cierto tiempo, ¿estaremos sanos o enfermos, en la prosperidad o en la adversidad, en la paz o en el combate, en la sequedad o en la consolación? Es más, ¿quién podrá asegurarnos que viviremos? Sólo conoceremos lo que Dios quiere de nosotros, a medida que se vayan desarrollando los acontecimientos.
Nada más a propósito para la voluntad del divino beneplácito que el santo abandono, puesto que todo él se funda en una espera dulce y confiada, en tanto que la voluntad de Dios se nos manifiesta, y en una amorosa aquiescencia, desde el momento que aquélla se da a conocer. Supone además, como preliminar condición, la indiferencia por virtud, pues nada tan necesario como esta universal indiferencia, si se quiere estar apercibido para cualquier acontecimiento. Por otra parte, mientras no se declare el divino beneplácito, no cabe sino esperar confiada y filialmente, pues quien ha de disponer de nosotros es Nuestro Padre celestial, la Sabiduría y la Bondad por esencia. Y desde el momento que los acontecimientos no están en nuestro poder, una espera pacífica y sumisa nada tiene de quietista y hasta se Impone, salvo lo que en otra parte hemos dicho acerca de la prudencia, de la oración y de los esfuerzos en el abandono.
Diversa ha de ser nuestra actitud ante la voluntad de Dios significada. Nos ha manifestado con toda claridad «que tales y tales cosas sean creídas, esperadas y temidas, amadas y practicadas». Lo sabemos, y por lo mismo no tenemos ya el derecho de permanecer indiferentes para quererlas o no quererlas. Como de antemano nos ha manifestado su voluntad de una vez para siempre, no hay para qué esperar nos la explique de nuevo en cada caso particular. Las cosas de que se trata dependen de nuestro albedrío, y a nosotros corresponde obrar con la gracia por nuestra propia determinación. Ante la voluntad de Dios significada, no nos queda sino someter nuestro querer al suyo, por lo menos en todo lo que es obligatorio, «creyendo en conformidad con su doctrina, esperando sus promesas, temiendo sus amenazas, amando y viviendo según sus mandatos».
Se darán casos en que los acontecimientos no se sustraigan por completo a nuestra acción, pudiéndose prever y proveer de alguna manera, y en este caso convendrá añadir al abandono la prudencia y los esfuerzos personales, porque en el fondo, tales acontecimientos serán una mezcla de la voluntad de Dios significada y de su beneplácito.
Por consiguiente, no tiene lugar el abandono en lo concerniente a la salvación o a la condenación, a los medios que nos ha prescrito o aconsejado tomar para asegurar lo uno y lo otro; como son la guarda de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, la huida del pecado, la práctica de las virtudes, la fidelidad a nuestros votos y Reglas, la obediencia a los superiores, la docilidad a las inspiraciones de la gracia. Dios nos ha manifestado su voluntad sobre todas las cosas, y para asegurar su fiel ejecución, ha hecho promesas y lanzado amenazas, ha enviado a su Hijo, establecido la Iglesia, el sacerdocio, los Sacramentos, multiplicado los socorros exteriores, prodigado la gracia interior. Evidentemente la indiferencia no tiene ya razón de ser; la obediencia se requiere en las cosas obligatorias, y en cuanto a las de consejo, es preciso al menos estimarlas y no apartar de ellas a las almas generosas.
«Si la indiferencia cristiana -dice Bossuet- se excluye con relación a las cosas que son objeto de la voluntad significada, es preciso, como lo hace San Francisco de Sales, restringirla a ciertos acontecimientos que están regulados por la voluntad de beneplácito, cuyas órdenes soberanas determinan las cosas que suceden diariamente en el curso de la vida.»
«Ha de practicarse en las cosas que se relacionan con la vida natural: como la salud, la enfermedad, belleza, fealdad, debilidad y la fuerza; en las cosas de la vida civil, acerca de
los honores, dignidades, riquezas, en las situaciones de la vida espiritual, como sequedades, consolaciones, gustos, arideces; en las acciones, en los sufrimientos y por fin en todo género de acontecimientos». En lo que atañe al beneplácito divino, esta indiferencia se extiende «al pasado, al presente, al porvenir; al cuerpo y a todos sus estados, al alma y a todas sus miserias y cualidades, a los bienes y a los males, a las vicisitudes del mundo material y a las revoluciones del mundo moral, a la vida y a la muerte, al tiempo y a la eternidad». Mas Dios modifica su acción en conformidad con los sujetos: «Si se trata de los mundanos, les priva de los honores, de los bienes temporales y de las delicias de la vida. Si se trata de los sabios, permite que sea rebajada su erudición, su espíritu, su ciencia, su literatura. En cuanto a los santos, les aflige en lo tocante a su vida espiritual y al ejercicio de las virtudes».



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Trump enciende la mecha de Jerusalén



Donald Trump lo ha vuelto a hacer. Ha prendido la mecha. Fiel a sus promesas electorales, el presidente de EEUU ha reconocido a Jerusalén como capital de Israel y ha ordenado al Departamento de Estado que traslade allí la embajada que actualmente se encuentra en Tel Aviv.

La decisión, duramente condenada y calificada de ilegal y desestabilizadora, compromete el actual y delicado statu quo en Oriente Medio y puede desatar una nueva ola de violencia en los territorios palestinos ocupados.
De poco sirvieron las presiones del Vaticano, o los llamamientos de China y Rusia. Trump dijo que llevaba
pensando desde hace tiempo" tomar esa histórica resolución. "Jerusalén es la capital de Israel. Eso es nada más, y nada menos, que el reconocimiento de una realidad. También es lo correcto. Y algo que tiene que hacerse", subrayó.
Sus palabras provocaron una reacción casi inmediata entre el pueblo palestino, inmerso en unas negociaciones de paz que no avanzan. Algunos de ellos ya hablaban de "declaración de Guerra". Hamás, el partido-milicia que controla la Franja de Gaza, fue más lejos y declaró que se han abierto "las puertas del infierno", pidiendo que se perjudiquen "los intereses" de Estados Unidos. Irán, Turquía y otras naciones árabes y musulmanas mostraron su máxima preocupación por los probables efectos negativos que esta nueva política estadounidense va a provocar en una región ya de por sí volátil, tensa y conflictiva.
Trump se ha apartado, de nuevo, de la línea fijada por sus predecesores en el cargo, que siempre declararon que el estatus de Jerusalén era algo que deberían fijar israelíes y palestinos directamente. Y se ha desmarcado de todos ellos, subrayando que él tiene mucho coraje.
La Casa Blanca ha intentado rebajar el impacto de la declaración de su jefe, al insistir en que el desplazamiento de la Embajada de EEUU de Tel Aviv a Jerusalén requerirá años para hacerse realidad. Ha alegado motivos de seguridad, burocráticos y constructivos, incluso ha recordado que se ha vuelto a firmar el aplazamiento por seis meses que exige el Parlamento estadounidense para mantener la legación actual.

Si todo queda en un gesto simbólico, no se producirá un tsunami o una nueva Intifada, aquella revuelta palestina que puso en jaque a las fuerzas israelíes entre 1987 y 1993. Pero el tablero puede saltar por los aires porque Jerusalén es un polvorín de pasiones demasiado reconcentrado, donde conviven en su Ciudad Vieja lugares santos de las tres religiones monoteístas más importantes del planeta. La historia reciente nos recuerda, además, que el área oriental de Jerusalén, la que precisamente incluye la Ciudad Vieja, fue anexionada por Israel después de la Guerra de los Seis Días de 1967, pero no reconocida internacionalmente como parte de Israel. Es decir, las palabras de Trump implican una violación del Derecho Internacional.
La controvertida decisión sobre la milenaria ciudad de Jerusalén dividió a las huestes de Trump. El vicepresidente Mike Pence y el embajador en Israel apoyaban el movimiento, pero los secretarios de Defensa y de Estado, James Mattis y Rex Tillerson, respectivamente, lucharon contra él debido a que pensaban en su potencial impacto perturbador.
Nadie, ni siquiera el presidente Trump, puede defender que esta medida será útil para la política estadounidense desplegada en Oriente Medio. De hecho, va en contra de las mismas prioridades que Washington se propuso en la región: luchar contra la militancia islamista y enfrentarse a la creciente influencia iraní. El estatus de Jerusalén es el problema perfecto para que Irán y los yihadistas lo utilicen como pretexto para recabar apoyos contra Estados Unidos y aquellos que respaldan sus actos. No parece una idea brillante ya que se corre el riesgo de deteriorar más la situación.
Trump ciertamente tampoco necesitaba dar esta arriesgada pirueta para confirmar sus credenciales a favor de Israel. Sus principales asesores para Oriente Medio simpatizan con la derecha israelí representada por el primer ministro Benjamin Netanyahu. Más importante aún, la opinión pública estadounidense, incluida su núcleo republicano, ya piensa que su política es proisraelí.
Entonces, ¿por qué lo ha hecho?


Las razones que ha aducido el propio protagonista de esta historia radican en que, según él, EEUU no puede resolver sus problemas "haciendo las mismas suposiciones fallidas y repitiendo las mismas estrategias fallidas del pasado. Los viejos desafíos exigen nuevos enfoques".
En realidad, Trump ha actuado guiado por el deseo de cumplir una promesa de su campaña electoral y satisfacer así a los numerosos partidarios que posee entre el colectivo de cristianos conservadores y evangélicos. De paso ha certificado que es un político impredecible, sin ataduras y casi marginal, capaz de quebrar los tabúes del pasado y trazar una estructura de relaciones internacionales exclusivamente fiel a lo que él considera que son los intereses de Estados Unidos y donde las consecuencias no importan demasiado o casi nada.
Otra posibilidad subyacente que explicaría su decisión es que la Casa Blanca ya haya renunciado a un "acuerdo del siglo" entre palestinos e israelíes y esté buscando con todo esto la forma de culpar a alguien más de su propio fiasco. Porque uno de los máximos culpables del fracaso de la paz en Oriente Medio es Estados Unidos y su pasividad —o imparcialidad—, aunque tampoco hay que despreciar la actitud indolente de la Unión Europea en su conjunto. Sería injusto endosar esa responsabilidad sólo a los actuales dirigentes europeos como la alemana Angela Merkel, el francés Emmanuel Macron o la británica Theresa May, porque sus antecesores tuvieron tanta o más culpa que ellos. La falta crónica de voluntad a ambas orillas del Atlántico ha sellado el futuro de los palestinos, abocados a vivir sin Estado y entre penurias.


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA POSICION DEL BLOG

SUMA CONTRA LOS GENTILES Santo Tomás de Aquino


2.° PERFECCIÓN DE DIOS EN PARTICULAR
a) Perfección de la naturaleza
1. ° De la bondad divina (cc. 37 al 41). —Visto ya cómo las perfecciones divinas existen en Dios y se identifican, sigamos al Angélico en la exposición particular de alguna de ellas: bondad, unidad, infinitud, verdad, etc.
Las perfecciones particulares se pueden referir a la naturaleza o a sus operaciones. En cuanto a lo primero, Santo Tomás estudia la bondad, la unidad e infinitud. La bondad divina es considerada por Santo Tomás en sí misma y en relación a los demás seres. Respecto a lo primero, pregunta si la bondad conviene a Dios, para terminar afirmando que Dios es su misma bondad.
Dios es bueno (c. 37).
Trátase de la perfección del ente. El ente y el bien se identifican. Este bien tiene dos aspectos, que podríamos llamar psicológico y ontológico, respectivamente. En el primer aspecto se define el bien: ―Lo que todos los seres apetecen. En el segundo: ―Una cosa es buena cuando es perfecta. Este es el bien al que ahora nos referirnos, y que ha hecho que Santo Tomás no guarde el orden que lógicamente conviene a las perfecciones divinas; por lo que después de tratar de la perfección divina, y como quiera que de la perfección se viene al conocimiento del bien, pues bueno es lo perfecto, trata de la bondad de Dios; a continuación de la unidad. El mismo motivo le ha guiado en la ―Suma Teológica‖, donde trata de la perfección y de la bondad divina en las cuestiones 4, 5 y 6 de la primera parte. Hecha esta advertencia, oigan al Santo:
Probado que la bondad es una exigencia de la perfección, Santo Tomás pasa a demostrar que Dios, a fuer de perfecto, es bueno (c. 37). Aduce cuatro argumentos, dos de tipo metafísico: 1,) y 4); y otros dos de tipo psicológico: 2) y 4) en parte.
El 1) concluye: Dios es perfecto, luego es bueno: ―Aquello, en efecto, por lo que un ser se dice bueno, es su propia virtud; pues la ―virtud hace bueno al que la tiene y convierte en buena su operación‖. Pero la virtud es una perfección, pues decimos que un ser es perfecto cuando ha llegado a su propia virtud. Por consiguiente, un ser es bueno en cuanto es perfecto. Y de aquí que todo ser desee su propia perfección como su propio bien.
En estos argumentos queda más que probada la bondad divina, y no menos queda excluida de la naturaleza divina toda posible sombra de mal (c. 39). No hablamos del mal moral, sino del opuesto al bien metafísico. Pruebas: las ya aducidas. Dios es su misma bondad. Si en Dios pudiera darse cabida al mal, Dios podría dejar de ser, ya que lo que contraría a la esencia de uno no puede fundamentarse sino sobre el no ser del mismo, como la irracionalidad no puede apoyarse en el hombre sino en cuanto falla como tal. La esencia de Dios es la bondad, y todo lo que hay en Dios está esencialmente. En Dios no cabe imperfección ninguna. El mal es privación o la supone. En Dios no hay potencia, luego no hay privación.
Santo Tomás pasa a estudiar la bondad de Dios comparándola con la bondad de los demás seres (c. 40), para concluir diciendo que Dios es el sumo bien. Es decir, que en primer lugar estudia la divina bondad como principio de toda otra bondad y a continuación estudia la excelencia de la misma.
En cuanto a lo primero, hace notar como Dios es el bien de todo bien, sin que por ello tenga que contradecir a lo que dijo en el capítulo 27 de que Dios no era forma de ningún ser; por consiguiente, dejando en pie aquel capitulo y viéndonos precisados a buscar otra bondad distinta de la proveniente de la forma, ocurre distinguir entre bondad intrínseca, formal, y bondad extrínseca, bien sea efectiva, bien sea final o ejemplar. Dios, pues, es el bien de todo otro bien, en cuanto es causa del mismo y fin al que se ordena.
Tres argumentos: a) En Dios están todas las perfecciones de los seres..., luego todas las bondades. Porque la bondad no es sino la perfección del ser.
b) Todo es imagen de la bondad divina, porque es el único bueno por esencia, al paso que lo demás lo es por participación, y lo que es ―tal‖ por participación es ―tal‖ porque tiene semejanza con quien es ―tal‖ por esencia.
c) Dios es el fin de todo ser. El bien tiene razón de apetecible, de deseable, y todo lo deseable lo es bajo la razón de fin, bien sea total, bien parcial; luego el fin último, Dios, tiene en sí toda la razón de bien de todos los seres.
Excelencia de la bondad divina.—Aquí toma el Angélico la palabra excelente en su sentido vulgar y llano. Excelente es todo lo que por un concepto u otro sobresale.
La bondad divina sobresale, sobrepuja por encima de toda otra bondad por muchas razones, entre las que Santo Tomás, escoge estas cuatro: a) La bondad divina es a las demás lo que el universal al particular. Lo universal es más excelente que lo particular. El bien común es más digno que el particular.
b) Lo predicado esencialmente tiene más de bondad que lo predicado accidentalmente o por participación.
c) Todo es bueno por lo que de Dios ha recibido.
d) En Dios no cabe el mal ni en acto ni en potencia.
2.° De la unidad divina (c. 42).—Ya vimos por que motivo Santo Tomás infringió el orden lógico de este tratado, anteponiendo la bondad a la unidad. Ahora, una vez demostrado que Dios es el bien sumo, a cuya bondad participada deben los demás seres el ser bueno, concluye lógicamente la unidad de dicho orden.
Santo Tomás dedica un largo capítulo a la bondad divina.
Después de leído este capítulo, uno se apercibe que propiamente no se trata de la unidad de Dios, por la que Dios se predicaría indiviso en sí y distinto de todo otro ser. No. Sino de la unicidad de Dios. Esto quiere decir que el titulo de este capítulo no debería traducirse por ―Dios es uno, sino por este otro: ―Sólo hay un Dios ―Dios es único, pues vemos que Santo Tomás al final del capítulo se hace eco del politeísmo y del dualismo; errores ambos que atacan la trinicidad divina y, por ende, claro está, su unidad; cosa que no se verificaría a la inversa, pues si lo único es uno, lo uno no es único; v. gr., cualquier ser es uno en si y, no obstante, puede no ser único dentro de su género o especie, al paso que único quiere decir que, dentro de su naturaleza, género o especie, sólo existe él y no hay otro.
Exposición filosófica de Santo Tomás. Para nuestro Doctor, esta verdad es indiscutible después de todo lo dicho en los capítulos anteriores.
Muchas son las razones con las que se puede demostrar dicha verdad. En la ―Suma Teológica‖ nos da tres: 1) su simplicidad; 2) su perfección infinita; 3) la unidad del mundo (1, q. 2, a. 3).
Puede demostrarse por cada uno de los atributos a que nos conducen las cinco vías de Santo Tomás, como lo ha probado el P. Muñiz (introd. a la cuestión 11 de la. 1.a p., B. A C., p. 358).
En este capítulo es donde Santo Tomás ha recogido más argumentos en pro de la unicidad de Dios. Pone como introducción la conclusión del capítulo anterior: Dios es sumo bien. Si es sumo, es único; pues lo sumo no puede convenir a dos, como es natural.
Dios es absolutamente perfecto, luego único, porque, en caso contrario, su perfección es idéntica a la de otro u otros dioses..., y, por lo tanto, no hay distinción posible entre ellos, y es absurdo admitir la pluralidad de dioses.
3) Cuando con uno hay bastante, las cosas se hacen peor si se ponen muchos a hacerlas. Todos los seres pueden ordenarse a uno; luego no multipliquemos los entes sin necesidad.
4) El movimiento continuo y regular es inútil atribuirlo a varios motores a la vez, pues o mueven al compás y equivalen en este caso a un solo motor perfecto, suponiendo que no lo sea en si; o no mueven a la par, en cuyo caso uno se mueve cuando está el otro parado, movimiento alterno, irregular; luego hemos de admitir un solo motor que esté siempre en movimiento; de lo contrario, alguna vez no movería, y alguna vez no habrá movido. Sería irregular y alterno su movimiento. El movimiento primero, según los filósofos (VIII Physicorum‖, c. 7 y ss.), es regular y continuo; luego el primer motor tuvo que ser único, etc.
3.° De la infinitud de Dios (c. 43).—Secuela de la unicidad divina es la infinitud o ilimitación. Dios, al ser único, no encuentra límites, no puede encontrarlos. El encontrarlos equivaldría a no ser único, pues otro igual o superior a él seria quien delimitara su ser, su operación.
Infinito, signo negativo de significación positiva, es aquello que no tiene límites o término; puede carecer de término en absoluto, y puede carecer respecto a sólo determinado género de seres. Santo Tomás prueba con diez argumentos que carece en absoluto de limites. En ellos explica de qué clase de infinitud se trata y cómo conviene a Dios.
Primeramente centra el problema distinguiendo entre infinitud multitudinaria y de cuantidad o continuidad, ambas corporales; por consiguiente, no atribuibles a Dios, que es uno y espiritual, e infinitud de grandeza espiritual.
Admitiendo esta infinitud como única posible en Dios, el Santo subdistingue infinitud de poder o virtud e infinitud de bondad de naturaleza y de perfección, toda vez que la virtud o potencia es la expresión activa de la naturaleza. Y, supuesta la afirmativa en pro de la tesis, el Angélico avanza más y nuevamente distingue entre infinitud privativa e infinitud negativa.
Por la primera entiende nuestro Santo aquella infinitud predicable de cantidad dimensiva o numeral, que de suyo debe tener limites y que precisamente cuando se le substraen dichos limites connaturales llámase infinita; suponiendo, por consiguiente, dicha infinitud sin forma que la delimite, determine, le dé el ser.
Infinitud negativa es aquella que no reconoce límite ninguno a su perfección. Esta es suma y todo lo trasciende. Esta es la que predicamos de Dios, y que Santo Tomás prueba con diez argumentos, que dejamos a la consideración del atento lector.
b) Perfección de las operaciones divinas
Prosiguiendo su labor lógicamente, el Angélico, después de ofrecernos un tratado sobre la existencia divina y otro sobre la naturaleza de Dios y un tercero sobre la perfección del ser divino, y como quiera que al ser sigue el obrar, nos brinda con el tratado de las operaciones.
El principio o la causa se estudia antes que el efecto, pero aquello encierra en sí la necesidad de exponer éste; y porque toda operación sigue al ser, si Dios es una naturaleza viva, ha de tener sus operaciones, cuyo estudio aborda aquí.
El conocimiento que de Dios tenernos lo alcanzamos por sus efectos. De aquí que atribuyamos a Dios todo cuanto de bueno, de perfecto, hay en las criaturas. De éstas las más perfectas son las espirituales; lo que nos permite concluir: Dios es espíritu. Ahora bien, la criatura espiritual goza de dos potencias: entendimiento y voluntad; luego Dios tiene entendimiento y voluntad. Además, una de las criaturas espirituales—nos referimos a la criatura humana—tiene ciertas prolongaciones debidas a dichas perfecciones, dado el contacto que tiene con la materia; son las pasiones y las virtudes. ¿Tiene Dios pasiones? ¿ Tiene virtudes?
Como en el hombre, en Dios— causa—el querer sigue al en tender, porque la voluntad es una potencia ciega que se adhiere al objeto que se le presente como tal. Nadie puede presentárselo sino el entendimiento. De aquí aquel aforismo filosófico: ―Nada es querido si antes no ha sido conocido‖. Así se explica el que Santo Tomás estudie este apartado de las operaciones divinas, para seguir con la voluntad, que son manifestaciones de vida, y terminar estudiando la misma vida divina (c. 97). Este es el orden del Angélico.
Mientras que Santo Tomás en la ―Suma Teológica‖ trata de la ciencia de Dios (contenido), aquí nada dice de la ciencia, sino que detiene su atención sobre el inteligente (sujeto) y al articulo ―si hay en Dios ciencia‖ (1, q. 14, a. 1) corresponde el capítulo 44. Dios es inteligente.
Vamos a exponer por partes el tratado de la ciencia de Dios, tratado quizás que más polémicas ha suscitado a lo largo de la historia de la teología, y que nosotros ladearemos, por no ser propio de una breve introducción suscitar cuestiones adormecidas, aunque como a cuestiones problemáticas no les debemos negar la ocasión de un mayor esclarecimiento.
Desde luego que da la impresión de que Santo Tomás, al escribir su ―Contra Gentes‖, escribiría una especie de guión de la ―Suma Teológica‖, por lo que aquí trata sucintamente problemas a los que allí concede una mayor extensión. Pueden cotejarse, por ejemplo, los capítulos que traemos entre manos y las cuestiones 14 a la 18 de la primera parte de la ― Teológica‖.
Según trae Santo Tomás en este capítulo 44, el nombre de Dios, ―Theos‖ en griego, proviene de ―Theaste‖, que significa ver, mirar. Todas las gentes, aun los paganos que admitían un sinnúmero de dioses menores, inconscientes o ciegos, reconocían la existencia de uno principal entre todos, a quien nada se escondía de cuanto sucedía por el mundo.
1.° Potencias intelectuales. — A) Entendimiento. Exposición filosófica de Santo Tomás sobre la existencia de conocimiento o de ciencia en Dios.
Para probar la existencia de Dios arrancábamos de un dato universal, de algo que se diera en todo género de cosas, v. gr., el movimiento de la potencia al acto, del ser esto al ser aquello.... la eficacia, etc. Como esto era una propiedad común veníamos a la conclusión de un motor inmóvil, de una causa primera, de un ser necesario. Pues bien, establecida ya la existencia de Dios, nos vemos obligados a usar de un proceso inverso para probar sus diversos atributos. Así, partiremos del principio asentado de la existencia de un motor inmóvil, de un ser necesario, de una primera causa; para probar que Dios es inteligente, tiene amor, es infinito, etc. No puede parecer peregrino este proceso. Santo Tomás lo ha empleado muchas veces, tanto en la ―Suma contra Gentes‖ como en la ―Suma Teológica‖ y demás obras. La razón es clara. No podemos probar la existencia de Dios sino por sus efectos. Conocida la existencia, ignoramos su esencia. Se impone, por consiguiente, reanudemos nuestras lucubraciones filosóficas allí donde las hemos cortado.



lunes, 11 de diciembre de 2017

Confesiones de San Agustín



No quieras esconderme tu rostro. Muera yo para que no muera y para que lo vea.
6. Angosta es la casa de mi alma para que vengas a ella: sea ensanchada por ti. Ruinosa está: repárala. Hay en ella cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé; pero ¿quién la limpiará o a quién otro clamaré fuera de ti: De los pecados ocultos líbrame, Señor, y de los ajenos perdona a tu siervo? Creo, por eso hablo. Tú lo sabes, Señor. ¿Acaso no he confesado ante ti mis delitos contra mí, ¡oh Dios mío!, y tú has remitido la impiedad de mi corazón? No quiero contender en juicio contigo, que eres la Verdad, y no quiero engañarme a mí mismo, para que no se engañe a sí misma mi iniquidad. No quiero contender en juicio contigo, porque si miras a las iniquidades, Señor, ¿quién, Señor, subsistirá? VI, 7. Con todo, permíteme que hable en presencia de tu misericordia, a mí, tierra y ceniza; permíteme que hable, porque es a tu misericordia, no al hombre, que se ríe de mí, a quien hablo. Tal vez también tú te reirás de mí; mas vuelto hacia mí, tendrás compasión de mí.
Y ¿qué es lo que quiero decirte, Señor, sino que no sé de dónde he venido aquí, me refiero a esta vida mortal o muerte vital? No lo sé. Mas me recibieron los consuelos de tus misericordias según he oído a mis padres carnales, del cual y en la cual me formaste en el tiempo, pues yo de mí nada recuerdo. Me recibieron, digo, los consuelos de la leche humana, de la que ni mi madre ni mis nodrizas se llenaban los pechos, sino que eras tú quien, por medio de ellas, me dabas el alimento aquel de la infancia, según tu ordenación y los tesoros dispuestos por ti hasta en el fondo mismo de las cosas.
Tuyo era también el que yo no quisiera más de lo que me dabas y que mis nodrizas quisieran darme lo que tú les dabas, pues era ordenado el afecto con que querían darme aquello de que abundaban en ti, ya que era un bien para ellas el recibir yo aquel bien mío de ellas, aunque, realmente, no era de ellas sino tuyo por medio de ellas, porque de ti proceden, ciertamente, todos los bienes, ¡oh Dios!, y de ti, Dios mío, proviene toda mi salud.
Todo esto lo conocí más tarde, cuando me diste voces por medio de los mismos bienes que me concedías interior y exteriormente. Porque entonces lo único que sabía era mamar, aquietarme con los halagos, llorar las molestias de mi carne y nada más.
8. Después empecé también a reír, primero durmiendo, luego despierto. Esto han dicho de mí, y lo creo, porque así lo vemos también en otros niños; pues yo, de estas cosas mías, no tengo el menor recuerdo.
Poco a poco comencé a darme cuenta dónde estaba y a querer dar a conocer mis deseos a quienes me los podían satisfacer, aunque realmente no podía, porque aquéllos estaban dentro y éstos fuera, y por ningún sentido podían entrar en mi alma. Así que agitaba los miembros y daba voces, signos semejantes a mis deseos, los pocos que podía y cómo podía, aunque verdaderamente no se les asemejaban. Mas si no era complacido, bien porque no me habían entendido, bien porque me era dañino, me indignaba: con los mayores, porque no se me sometían, y con los libres, por no querer ser mis esclavos, y de unos y otros me vengaba con llorar.
Tales he conocido que son los niños que yo he podido observar; y que yo fuera tal, más me lo han dado ellos a entender sin saberlo que no los que criaron sabiéndolo.
9. Mas he aquí que mi infancia hace tiempo que murió, no obstante que yo vivo. Mas dime, Señor, tú que siempre vives y nada muere en ti porque antes del comienzo de los siglos y antes de todo lo que tiene «antes», existes tú, y eres Dios y Señor de todas las cosas, y se hallan en ti las causas de todo lo que es inestable, y permanecen los principios inmutables de todo lo que cambia, y viven las razones sempiternas de todo lo temporal-, dime a mí, que te lo suplico, ¡oh Dios mío!, di, misericordioso, a este mísero tuyo; dime, ¿acaso mi infancia vino después de otra edad mía ya muerta? ¿Será ésta aquella que llevé en el vientre de mi madre? Porque también de ésta se me han hecho algunas indicaciones y yo mismo he visto mujeres embarazadas.
Y antes de esto, dulzura mía y Dios mío, ¿qué? ¿Fui yo algo en alguna parte? Dímelo, porque no tengo quien me lo diga, ni mi padre, ni mi madre, ni la experiencia de otros, ni mi memoria. ¿Acaso te ríes de mí porque deseo saber estas cosas y me mandas que te alabe y te confiese por aquello que he conocido de ti?
10. Te confieso, Señor de cielos y tierra, alabándote por mis comienzos y mi infancia, de los que no tengo memoria, más que concediste al hombre conjeturar de sí por otros y que creyese muchas cosas, aun por la simple autoridad de mujercillas. Porque al menos era entonces, vivía, y ya al fin de la infancia buscaba con qué dar a los demás a conocer las cosas que yo sentía.
¿De dónde podía venir, en efecto, tal ser viviente, sino de ti, Señor? ¿Acaso hay algún artífice de sí mismo? ¿Por ventura hay algún otro conducto por donde corra a nosotros el ser y el vivir, fuera del que tú causas en nosotros, Señor, en quien el ser y el vivir no son cosa distinta, porque eres el sumo Ser y el sumo Vivir? Sumo eres, en efecto, y no te mudas, ni camina por ti el día de hoy, no obstante que por ti camine, puesto que en ti están, ciertamente, todas estas cosas, y no tendrían camino por donde pasar si tú no las contuvieras. Y porque tus años no mueren, tus años son un constante «hoy». ¡Oh, cuántos días nuestros y de nuestros padres han pasado ya por este tu Hoy y han recibido de él su medida y de alguna manera han existido, y cuántos pasarán aún y recibirán su medida y existirán de alguna manera! Mas tú eres uno mismo y todas las cosas del mañana y más allá, y todas las cosas de ayer y más atrás, en ese Hoy las haces y en ese Hoy las has hecho.
¿Qué importa que alguien no entienda estas cosas? Que éste de todos modos se goce diciendo: ¿Qué es esto? Que éste se goce aun así y desee más hallarte no indagando que indagando no hallarte.
VII,11. Escúchame, ¡oh Dios! ¡Ay de los pecados de los hombres! Y esto lo dice un hombre, y tú te compadeces de él por haberlo hecho, aunque no el pecado que hay en él.
¿Quién me recordará el pecado de mi infancia, ya que nadie está delante de ti limpio de pecado, ni aun el niño cuya vida es de un solo día sobre la tierra? ¿Quién me lo recordará? ¿Acaso cualquier pequeñito o párvulo de hoy, en quien veo lo que no recuerdo de mí? ¿Y qué era en lo que yo entonces pecaba? ¿Acaso en desear con ansia el pecho llorando? Porque si ahora hiciera yo esto, no con el pecho, sino con la comida propia de mis años, deseándola con tal ansia, justamente se reirían de mí y sería reprendido. Luego, eran dignas de reprensión las cosas que yo hacía entonces; mas como no podía entender a quien me reprendiera, ni la costumbre ni la razón aguantaban que se me reprendiese. La prueba de ello es que, según vamos creciendo, extirpamos y arrojamos estas cosas de nosotros, y jamás he visto a un hombre cuerdo que al tratar de limpiar una cosa arroje lo bueno de ella.
¿Acaso, aun para aquel tiempo, era bueno pedir llorando lo que no se podía conceder sin daño, indignarse amargamente las personas libres que no se sometían y aun con las mayores y hasta con mis propios progenitores y con muchísimos otros, que, más prudentes, no accedían a las señales de mis caprichos, esforzándome yo, por hacerles daño con mis golpes, en cuanto podía por no obedecer a mis órdenes, a las que hubiera sido pernicioso obedecer? ¿De aquí se sigue que lo que es inocente en los niños es la debilidad de los miembros infantiles, no el alma de los mismos? Yo vi yo y experimenté cierta vez a un niño envidioso. Todavía no hablaba y ya miraba pálido y con cara amargada a otro niño compañero de leche suyo. ¿Quién hay que ignore esto? Dicen que las madres y nodrizas pueden conjurar estas cosas con no qué remedios. Yo no sé que se pueda tener por inocencia no aguantar al compañero en la fuente de leche que mana copiosa y abundante, al [compañero] que está necesitadísimo del mismo socorro y que con sólo aquel alimento sostiene la vida. Sin embargo se toleran indulgentemente estas faltas, no porque sean nulas o pequeñas, sino porque se espera que con el tiempo han de desaparecer. Por lo cual, aunque lo apruebes, si tales cosas las hallamos en alguno entrado en años, apenas si las podemos llevar con paciencia.
XI,17. Siendo todavía niño oí ya hablar de la vida eterna, que nos está prometida por la humildad de nuestro Señor Dios, que descendió hasta nuestra soberbia; y fui marcado con el signo de la cruz, y se me dio a gustar su sal desde el mismo vientre de mi madre, que esperó siempre mucho en ti.
Tú viste, Señor, cómo cierto día, siendo aún niño, fui presa repentinamente de un dolor de estómago que me abrasaba y me puso en trance de muerte. Tú viste también, Dios mío, pues eras ya mi guarda, con qué fervor de espíritu y con qué fe solicité de la piedad de mi madre y de la madre de todos nosotros, tu Iglesia el bautismo de tu Cristo, mi Dios y Señor. Se turbó mi madre carnal, porque me daba a luz con más amor en su casto corazón en tu fe para la vida eterna; y ya había cuidado, presurosa, de que se me iniciase y purificase con los sacramentos de la salud, confesándote, ¡oh mi Señor Jesús!, para la remisión de mis pecados, cuando he aquí que de repente comencé a mejorar. En vista de ello, se difirió, mi purificación, juzgando que sería imposible que, si vivía, no me volviese a manchar y que el reato de los delitos cometidos después del bautismo es mucho mayor y más peligroso.
Por este tiempo creía yo, creía ella y creía toda la casa, excepto sólo mi padre, quien, sin embargo, no pudo vencer en mí el ascendiente de la piedad materna para que dejara de creer en Cristo, como él no creía.
Porque mi madre cuidaba solicita de que tú, Dios mío, fueses padre para mí, más que aquél. En eso tú la ayudabas a triunfar sobre él, a quien servía, no obstante ser ella mejor, porque en ello te servía a ti, que así lo tienes mandado.
18. Mas quisiera saber, Dios mío, te suplico, si tú gustas también de ello, por qué razón se difirió entonces el que fuera yo bautizado; si fuera para mi bien el que aflojaran, por decirlo así, las riendas del pecar o si no me las aflojaron. ¿De dónde nace ahora el que de unos y de otros llegue a nuestros oídos de todas partes: «Déjenle que haga lo que quiera; que todavía no está bautizado»; sin embargo, que no digamos de la salud del cuerpo: «Dejadle; que reciba aún más heridas, que todavía no está sano»? dados y los de los míos se hubieran empleado en poner sobre seguro bajo tu tutela la salud recibida de mi alma, que tú me hubieses dado!
XIII,20. ¿Cuál era la causa de que yo odiara las letras griegas, en las que siendo niño era imbuido? No lo sé; y ni aun ahora mismo lo tengo bien claro. En cambio, las latinas me gustaban con pasión, no las que enseñan los maestros de primaria, sino las que explican los llamados gramáticos; porque aquellas primeras, en las que se aprende a leer, a escribir y a contar, no me fueron menos pesadas y enojosas que las letras griegas.
¿Mas de dónde podía venir aun esto sino del pecado y de la vanidad de la vida, por ser carne y viento que camina y no vuelve? Porque sin duda que aquellas letras primeras, por cuyo medio podía llegar, como de hecho ahora puedo, a leer cuanto hay escrito y a escribir lo que quiero, eran mejores, por ser más útiles, que aquellas otras en que se me obligaba a retener los errores de no sé qué Eneas, olvidado de mis errores, y a que llorara a Dido muerta, que se suicidó por amores, en circunstancias que mientras tanto, yo mismo muriendo a ti en aquellos [amores], con ojos débiles, toleraba mi extrema miseria.