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sábado, 21 de octubre de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS. SAN JUAN EUDES




§ 3. AMPLITUD (continuación)
2.- Hablemos ahora de su altura, la cual no es menos admirable en su elevación, que aquélla en su abajamiento. ¿Qué altura es ésta? Es El su sublime contemplación. Pero ¿de qué contemplación queréis hablar?, porque los teólogos místicos nos enseñan que hay varias clases. Quiero hablar de aquella que es la más pura, la más excelente, la más agradable a Dios; la cual consiste en contemplar y mirar siempre fijamente, en todo lugar, en todo tiempo, y en todas las cosas, su adorabilísima voluntad, a fin de seguirla en todo, y siempre.
En esta contemplación el Corazón de la Bienaventurada Virgen estaba incesantemente empleado.
Este era su estudio, su cuidado, su aplicación perpetua, pues no tenía otras inclinaciones, ni otras intenciones en todos sus pensamientos, palabras, acciones, sufrimientos, y generalmente en todas sus cosas, que la de agradar a su Divina Majestad, y en cumplir su divina voluntad. "Con un gran corazón y un grande afecto". Sobre lo cual se pueden emplear también estas palabras del Espíritu Santo: Accedet homo ad cor altum, et exaltabitur Deus (1O). Pues la expresión cor altum, significa un corazón profundo en humildad, como acabamos de ver; y un corazón elevado por la contemplación y el amor de la divina Voluntad. De suerte que muy bien se les puede explicar de este modo: Cuando el hombre llegue a tener un corazón profundo y elevado, es decir, un corazón abajado y adherido inseparablemente a la santísima voluntad de su Dios, entonces es cuando más honor y gloria puede dar a su Divina majestad; pues éstos son los dos medios más excelentes para agradarle y glorificarle.
Mas si tratamos de otra clase de contemplación, cualquiera que ella sea, San Bernardino de Sena nos asegura que la bienaventurada Virgen ha sido más encumbrada y más perfecta en este ejercicio santo, desde el vientre de su madre, que los más altos y santos contemplativos en su edad perfecta; e igualmente que estaba más esclarecida y más unida a Dios, por su contemplación, durmiendo, que cualquier otro despierto, según el testimonio que el Espíritu Santo le hace afirmar por estas palabras que él pone en su boca: "Yo duermo y mi corazón vigila" (11).
3.- Hablemos ahora de la anchura de nuestro océano, diciendo que consiste en el amor casi sin medida del amabilísimo Corazón de la Madre del Amor Hermoso, con respecto a Dios: amor que la llevaba a amar ardentísima y purísimamente su infinita bondad en todo lugar, en todo tiempo, en todas las cosas: amor que hacía a su Corazón estar siempre presto a hacerlo todo, a sufrirlo todo, a renunciar a todo y a darlo todo por su gloria.
De modo que bien podía decir: "Mi Corazón está siempre puesto en Dios, mi Corazón está siempre presto".
4.- Mas ¿pensáis acaso que la longitud de este océano es menor que su anchura? De ninguna manera, como a continuación veremos.
¿Qué longitud es ésta? Es su caridad hacia todos los hombres que han existido, existen y existirán en los siglos pasados, presentes y venideros. Es una caridad que se extiende de un extremo a otro del mundo, y desde el comienzo de los siglos hasta su fin; más, usando palabras del Espíritu Santo, de una eternidad a otra: Pues esta caridad sin límites impulsó a la Madre del Redentor a ofrecer e inmolar a su Hijo cuando estaba al pie de su Cruz, por todos los que habían de existir hasta el fin de los siglos. Y si hubiese habido hombres desde toda la eternidad, que hubiesen tenido necesidad de redención, por ellos también lo habría ofrecido lo mismo que por los demás. Y si Ella hubiese morado para siempre en este mundo, y también hubiese sido necesario para la salvación de las almas, hacer este sacrificio eternamente, eternamente lo habría hecho; tan cierto es que la caridad de su Corazón no tiene términos ni límites, y que la longitud de este mar nada desdice de su anchura. Pues su anchura es su amor a Dios, y su longitud su caridad hacia los hombres. Ahora bien, este, amor y esta caridad no son sino una misma cosa en el Corazón de la Madre de amor, pues Ella no ama más que a Dios en sus criaturas más que por el amor que ella dirige al Creador.
Oigo a San Pablo que exclama: en el ardor de su caridad y de su celo por las almas: "Mi corazón se ha dilatado y extendido para en él meteros a todos, ¡oh Corintios!" (12). Sobre lo cual habla así San Juan Crisóstomo: "Nada hay más dilatado dice él, que el corazón de San Pablo. No es de maravillar que tuviese un tal corazón para los fieles, puesto que su caridad se extendía también a todos los infieles y a todo el mundo. Era de una capacidad tan grande este corazón, que encerraba en si las ciudades, los pueblos y las naciones enteras" (13). No obstante sería hacer una grande injuria al respeto que este divino Apóstol tiene a la sacrosanta Madre de Dios, el comparar su caridad a la de Ella, puesto que la caridad de su corazón maternal sobrepasa tanto a la de los corazones de los Ángeles y de los Santos, como su dignidad en cierta manera infinita de Madre de Dios, a la que es proporcionada, excede a todas las dignidades de la tierra y del cielo. No hagamos, pues, comparación entre una cosa en cierto modo infinita y otra finita.
He aquí la profundidad, la altura, la longitud y la anchura del mar inmenso del Corazón admirable de la Reina del cielo, que consisten en su humildad profundísima, en su altísima contemplación, en su caridad extendida a todos los hombres y en su grandísimo amor a Dios.
Entreguémonos de todo corazón al Espíritu divino, que estableció todas estas virtudes en el Corazón sagrado de nuestra muy honrada Madre, de una manera tan excelente, para imitarla tanto como podamos, con la gracia de su hijo Jesucristo Nuestro Señor, y por medio de su santa intercesión.
¡Bienaventurados quienes lo hagan: Bienaventurados los que se pierdan en este mar de amor, de caridad, de humildad y de abandono de sí mismos a la divina Voluntad!

CAPÍTULO VII
Sexto cuadro del santísimo Corazón de la,
bienaventurada Virgen, que es
el Paraíso Terrenal
Una de las más expresas figuras que la poderosísima y sapientísima mano del Padre Eterno nos ha trazado del Corazón dichoso de su, muy amada Hija la Preciosísima Virgen, es el Paraíso Terrenal que se nos describe en los capítulos segundo y tercero del Génesis. Es un muy excelente cuadro que su infinita bondad nos ha dado de este buenísimo Corazón. Es un paraíso que representa perfectamente otro paraíso. Es el paraíso del primer hombre, que nos manifiesta excelentemente el paraíso del segundo.
§ 1. DELICIAS DE DIOS
Comencemos por el nombre. Si consultamos al oráculo divino, veremos que este primer paraíso es llamado "Paraíso de deleite, lugar de placer, jardín de delicias", nombre que perfectamente conviene al Corazón sagrado de la Madre de Dios, verdadero paraíso del nuevo hombre Jesús; Jardín del Bien Amado, Jardín cerrado y doblemente cerrado, Jardín de delicias. Son tres nombres que el Espíritu Santo da al Corazón de su Santa Esposa, y que dicen mucho.
Primeramente, es el Jardín del Bien Amado. Pues no oís cómo este divino Espíritu la hace hablar de este modo: "Que venga mi bien amado a su jardín"'. ¿Quién es este bien amado del que habla? ¿No es acaso su Hijo Jesús, el único objeto de su amor? ¿Qué jardín es éste, al cual ella le invita a venir, sino su Corazón virginal, según la explicación del sabio, al cual ella le atrajo como ha sido dicho, por su amor, por su humildad? De suerte que el jardín del Bien Amado es el Corazón de la bien amada; el Corazón de María es el Jardín de Jesús.
En segundo lugar, es un Jardín cerrado, dice, su celestial Esposo. Mas ¿por qué dice dos veces que es un jardín cerrado? No sin misterio: Es para enseñarnos que el Corazón de su queridísima Esposa está absolutamente cerrado a dos cosas: cerrado al pecado, que jamás en él tuvo entrada, lo mismo que a la serpiente que es el autor del pecado; cerrado al mundo y a todas las cosas del mundo, y en general a todo lo que no es Dios, el cual ha estado siempre ocupado, sin dar lugar a cualquier otra cosa.
Es también para manifestarnos que siempre estuvo doblemente cerrado al pecado, es decir, por dos fuertes murallas; y doblemente cerrado al mundo y a todo lo que no es Dios, por otras dos inquebrantables murallas.
¿Cuáles son estas murallas que le cerraron al pecado? Es la gracia extraordinaria que fue concedida a la Santísima Virgen, en el momento de su inmaculada concepción, la cual cerró la entrada de su Corazón y de su alma al pecado original; y es el grandísimo odio al pecado del que siempre estuvo lleno su Corazón, el que cerró su puerta a toda clase de pecado actual.
¿Y cuáles son las otras dos murallas, que lo han cerrado también al mundo y a todas las cosas creadas? La primera es el perfecto amor de Dios, del que estuvo siempre tan henchido, que en él nunca hubo lugar para ninguna criatura. La segunda es el perfecto conocimiento que esta divina María tenía de sí misma y de todas las cosas creadas. Pues, como sabía muy bien que por sí misma nada era y nada merecía, así nada se apropiaba, estimándose indigna de todo; y, como conocía clarísimamente que todas las cosas que hay en el mundo nada son, no les daba entrada alguna en su Corazón, que Ella sabía que había sido creado, no para las cosas que no son nada, sino para aquel que lo es todo. He aquí las razones porque el Espíritu Santo dice dos veces que es un Jardín Cerrado.
El tercer nombre que le da, al contemplarla en su figura que es el primer paraíso, es el de: Jardín de Delicias. Pues en efecto es el jardín de las delicias del Hijo de Dios, y de sus más grandes delicias, después de aquellas de las que ha gozado desde toda la eternidad en el seno y en el Corazón de su Padre.
Si Vos nos aseguráis, Jesús mío, que vuestras delicias son estar con los hijos de los hombres (2), aunque estén tan llenos de pecados, de ingratitudes, de infidelidades, ¿qué delicias no tendrías en el amabilísimo Corazón de vuestra Santísima Madre, donde jamás habéis visto nada que no os fuese agradable, donde siempre habéis sido alabado y glorificado y amado más perfectamente que en el paraíso de los Querubines y de los Serafines? Ciertamente se puede bien afirmar que después del seno adorable de nuestro Padre eterno, no ha habido ni habrá jamás un lugar tan santo, tan digno de vuestra grandeza y tan lleno de gloria y de contento para vos, como el Corazón virginal de vuestra bienaventurada Madre.
De aquí viene, Salvador mío, que después que Ella os ha invitado a venir a su jardín, esto es a su Corazón, diciéndoos: Veniat Dilectus in hortum suum, Vos le hayáis respondido: "He venido a mi jardín Hermana mía, Esposa mía; en él he recogido mi mirra con mis aromas", es decir, he recogido todas las mortificaciones y angustias de vuestro Corazón, y todos los actos de virtud que ha practicado por mi amor, a fin de conservarlos en mi Corazón, y cifrar en ellos mi alegría y mi gloria eternamente: "En él también he comido mi miel, y en él he bebido mi vino y mi leche" (3), es decir, encuentro tantas delicias en este paraíso que m¡ eterno Padre me ha dado, que me parece que tengo en él un continuo festín, y un festín de miel, de vino y de leche.
Esto por lo que se refiere al nombre.
¿Queréis ahora saber quién fue el que hizo el paraíso terrenal? Escuchad la divina Palabra: fue Dios, fue el Señor quien plantó por su propia mano el paraíso de delicias desde el comienzo del mundo".
Fue su infinita bondad para con el primer hombre la que le obligó a hacer este primer paraíso para él y para su posteridad, con el objeto de hacerles pasar, en caso de haber sido obedientes, de un paraíso terrestre y temporal a otro celestial y eterno.
De igual manera, el amor incomparable del eterno Padre al segundo Adán, es decir a su hijo Jesús, fue el que le hizo crear este segundo Paraíso para él y para sus verdaderos hijos, los cuales permanecerán en él eternamente con su buen Padre, quien desde ahora les hace y les liará por siempre participantes de las santas y divinas delicias que él posee. Por esto, después que ha dicho a su dignísima Madre que ha venido a su jardín para comer en él su miel y beber su vino y su leche, se dirige a sus mismos hijos y les dice: "Comed y bebed conmigo, amigos, y embriagaos, carísimos" (4).
§ 2. RECREO DE DIOS
Qué significa el caminar de las tres Personas eternas por las tres alamedas del Paraíso? He aquí su sentido: El Padre se pasea por la primera, que figura la memoria, para excitar a su Hija predilecta a acordarse no sólo de todas las gracias que ella recibió de su bondad, sino también de todos los bienes que otorgó a todas las creaturas, para bendecirle y darle gracias continuamente ello. El Hijo se pasea por la segunda alameda,  que para iluminarlo con sus luces celestiales y hacerle conocer su adorabilísima voluntad en todas las cosas de su santísima Madre, a fin de que la siga en todo y en todas partes. El Espíritu Santo se pasea por la tercera alameda, que es la voluntad, para animarla a ejercitar incesantemente su amor a Dios y su caridad con las creaturas de Dios.
Además, este santo caminar de estas tres adorables Personas por nuestro verdadero Paraíso terrestre y celestial al mismo tiempo, es decir, por el Corazón de nuestra incomparable, María, representa las impresiones y comunicaciones que, en un grado altísimo, hicieron de sus divinas perfecciones a este mismo Corazón: el Padre, de su poder; el Hijo, de su sabiduría; el Espíritu Santo, de su bondad. Por una participación eminentísima del poder del Padre, este Corazón maternal de nuestra dignísima Madre tiene todo poder para ayudar, favorecer y llenar a sus verdaderos hijos de toda suerte de bienes; por una comunicación abundantísima de la sabiduría del Hijo, sabe una infinidad de medios y de invenciones para hacerlo; y por tina impresión fortísima de la bondad del Espíritu Santo, está todo él lleno de caridad y de benignidad para quererlo hacer.
En fin, la divina Misericordia y las tres Personas de la santísima Trinidad reciben un contento singular al caminar sobre las violetas de que están cubiertos estos cuatro paseos, porque no hay nada que contente tanto a su Divina Majestad como la humildad, y sobre todo la humildad del Corazón de la más digna y de la más elevada de todas sus creaturas.
Cuando Dios camina sobre estas violetas, ellas se abajan, después se vuelven a levantar y quedan más hermosas. Es para hacernos ver que cuantas más gracias concedió Dios a este mismo Corazón por la impresión y comunicación de sus divinas perfecciones, tanto más él se abajó por su humildad, a vista de su nada; y luego se levantó por el amor a Dios, a vista de su bondad; y así quedó más agradable a su Divina Majestad. Cierto que es cosa grande en nuestra humildísima María, el ser Virgen; es cosa más grande el ser Virgen y Madre al mismo tiempo; es cosa grandísima el ser Virgen y Madre de un Dios. Pero lo que es admirable sobre todas las cosas es, que siendo tan grande -como era, y elevada en alguna manera infinitamente sobre todas las cosas creadas por su dignidad en cierto modo infinita de Madre de Dios, se humilló siempre por debajo de todas las creaturas, creyéndose la más pequeña y la última de todas.


viernes, 20 de octubre de 2017

¿A quién arma la máquina de guerra de Corea del Norte?

Pyongyang 
A pesar de las sanciones y los escándalos nucleares consecutivos, Pyongyang es uno de los productores y suministradores de armas más grandes del mundo.
Como resultado de las sanciones impuestas contra Pyongyang, Corea del Norte no ha tenido otra opción, sino ir al mercado negro para poder vender sus armas.
Las medidas económicas impuestas contra Pyongyang no han influido sobre la determinación del país juche de seguir con su presencia en este mercado.
Las armas norcoreanas se destacan por su bajo precio, simplicidad y fiabilidad. Estas características son la mejor publicidad para el armamento de producción norcoreana.
Economía clandestina
Los armamentos, junto al carbón y los mariscos, son una de las fuentes principales de dinero para el presupuesto nacional de Corea del Norte. Si bien Pyongyang no tiene permiso para exportar sus armas a otros países, existen vías ilegales de hacerlo y el país asiático se aprovecha de ellas.
El columnista señala que las armas de producción norcoreana cuentan con una demanda enorme en los países del llamado 'tercer mundo', en particular, en los que también se encuentran sancionados y no tienen posibilidad de comprar armas de otros suministradores.
Stanavov sostiene que Estados Unidos de hecho ayuda a Pyongyang a ampliar la lista de sus clientes, cuando convierte a otro país en 'paria'. Según el autor de la nota, lo mismo le pasa a Pyongyang: el país se encuentra en una situación crítica tras privarlo de sus fuentes legales de ingresos.
Por ejemplo, Corea del Norte ya no puede vender su carbón a China, por lo tanto el Gobierno de 'Kim III' ha entrado en una batalla para conquistar el mercado negro, incluso el de las armas.
Aunque los expertos consideran que en un año Corea del Norte exporta armas por un valor de más de 100 millones de dólares, nadie conoce la magnitud real de estas ventas. Todos los acuerdos se firman en secreto entre Corea del Norte y una parte interesada.
Clones de los clones
"Corea del Norte vende casi todo lo que fabrica: de fusiles automáticos a lanzacohetes múltiples.  La mayor parte de los armas largas son clones de los fusiles Kalashnikov soviéticos, o son clones de los clones chinos, que por su parte fueron copiados de las armas de la URSS", apuntó el vicedirector del Centro de Análisis de Estrategias y Tecnologías de Rusia, Konstantín Makienko, citado por Stanavov.

"Pyongyang produce una amplia gama de armas de infantería, entre ellos lanzacohetes múltiples, artillería pesada, sistemas de misiles antitanque, fusiles de asalto, lanzagranadas y municiones para todas las armas que acabo de mencionar", agregó.
Stanavov recuerda que Siria presuntamente compró municiones norcoreanas de calibre 130mm para su artillería.
Asimismo, el columnista enfatiza que los especialistas norcoreanos lograron hacer una copia del sistema de misil balístico táctico R-17 Elbrús —Scud-B, según la designación de la OTAN— ya en los años 1980. Pyongyang compró los prototipos de Egipto, elaboró uno propio y lo puso en venta. Según Stanavov, se dieron casos en los que el país juche vendió líneas enteras de ensamble para este tipo de misiles.
Las copias norcoreanos de los Scud fueron comprados por países como Irán, Siria y Yemen. El alcance de las primeras versiones no superaba los 300 kilómetros, pero luego los expertos en armas del país juche modernizaron sus copias para aumentar su alcance hasta 600 kilómetros.
Como consecuencia de las numerosas modernizaciones de su copia del misil soviético Scud, los norcoreanos crearon su propio misil, Rodong, capaz de transportar una ojiva a una distancia de hasta 1.300 kilómetros. Estas armas pueden ser equipadas con una ojiva convencional, nuclear o química
El autor del artículo indicó que el 90% de los misiles de producción norcoreana lanzados por el Ejército persa durante la guerra contra Irak dio en el blanco. El porcentaje de fallos técnicos era mínimo, lo que comprueba que estas armas son de alta calidad.
Luego, Irán creó su propia copia del Rodong y la llamó Shahab-3, apunta el periodista. Gracias a la ayuda norcoreana, Teherán ahora es capaz de producir este tipo de misiles, por lo que dejó de adquirir los cohetes de Corea del Norte. Sin embargo, los países siguen cooperando a nivel tecnológico.
Según indica Stanavov, los mayores productores de los sistemas de misiles no pueden vender, de acuerdo con los tratados internacionales, armas cuyo alcance supere los 300 kilómetros. Pyongyang, por su parte, está libre de estas responsabilidades de ahí que se ha hecho con el monopolio en este campo.
El columnista afirma que los sistemas de misiles y de artillería, que supuestamente fueron producidos por Corea del Norte, han sido observados en los buques de guerra de Birmania. El autor señala que no hay ninguna información sobre los suministros de estas armas, pero su aspecto es igual a los que están instalados sobre lanchas norcoreanas.
Stanavov explica que el territorio norcoreano goza de una cantidad grande de yacimientos de carbón y de otros minerales, que son necesarios para producir aparatos electrónicos.
Esta también es la razón por la que Pyongyang puede seguir desarrollando su programa nuclear: el país juche cuenta con sus propios yacimientos de uranio, en cantidades que podrían despertar la envidia de muchos países.
La geografía de las ventas
La lista de los clientes de la 'máquina de guerra' norcoreana es larga e incluye a países de diferentes partes del mundo. Estos países a menudo prefieren realizar la compra sin mediadores y en privado.
Los compradores tradicionales de las armas norcoreanas son Irán, Siria, Cuba, Libia, Yemen, Egipto y Uganda. Asimismo, estas armas han sido vendidas a grupos armados como Hamás y Hizbulá, indica Stanavov.
El autor de la nota señala que las armas son transportadas mayormente por vía marítima. El uso de aviación no es adecuado para este tipo de suministros porque a menudo requiere recargar combustible en el territorio de un tercer país. Para Pyongyang no es una opción porque las autoridades de un país extranjero pueden detener la aeronave.


DEL ORGANISMO ESPIRITUAL ARTÍCULO CUARTO LOS SIETE DONES DEL ESPÍRITU SANTO




LA TRADICIÓN
Más adelante, los Padres de la Iglesia comentaron con frecuencia estos textos de la Escritura, y, a partir del siglo III, la Tradición afirma explícitamente que los siete dones del Espíritu Santo residen en todos los justos (2).
El Papa San Dámaso, en 382, habla del Espíritu septiforme que reposa sobre el Mesías, y enumera los dones (3).
Pero es sobre todo San Agustín el que explica esta doctrina, al comentar el Sermón de la montaña (4). Hace resaltar la coincidencia de las Bienaventuranzas con los siete dones. El temor representa el primer grado de la vida espiritual; la sabiduría es su coronamiento. Entre los dos extremos, distingue San Agustín un doble período de purificación que dispone a la sabiduría: una preparación remota mediante la práctica activa de las virtudes morales, que corresponde a los dones de piedad, de fortaleza, de ciencia y de consejo; luego la preparación inmediata, en la que el alma es purificada gracias a una fe más esclarecida por el don de inteligencia, a una esperanza más esforzada, sostenida por el don de fortaleza, y a una caridad más encendida. La primera preparación es llamada vida activa, la segunda, vida contemplativa (1), porque la actividad moral está aquí subordinada a la fe iluminada por la contemplación, que se termina un día, en las almas pacíficas y dóciles, con la perfecta sabiduría (").
En cuanto a la enseñanza propiamente dicha de la Iglesia, recordemos que el Concilio de Trento, ses. VI, c. VII, dice: "La causa eficiente de nuestra justificación es Dios, que, en su misericordia, nos purifica y santifica (I Cor., v, 11) por la unción y el sello del Espíritu Santo, que nos ha sido prometido y es prenda de nuestra herencia (Efes., 1, 13)" (3).
El catecismo del Concilio de Trento (4) precisa este punto, enumerando los siete dones según el texto citado de Isaías, y añade: "Estos dones del Espíritu Santo son para nosotros como una fuente divina en la que bebemos el conocimiento vivo de los mandamientos de la vida cristiana, y por ellos podemos conocer si el Espíritu Santo habita en nosotros." San Pablo escribió, en efecto (Rom. vm, 1.6): "El mismo Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios." Nos da este testimonio por el amor filial que nos inspira y mediante el cual se hace sentir en cierto modo en nosotros (5).
Uno de los más hermosos testimonios de la Tradición acerca de los dones, nos lo da la liturgia de Pentecostés. En la misa de este día leemos la secuencia:
Veni, sancte Spiritus,
Et emitte coelitus
Lucis tue radium..
"Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, padre de los pobres, dador de toda gracia. Ven, luz del corazón. Consolador excelso, Huésped de nuestras almas, refrescante Dulzor. Reposo en la fatiga, Frescura en el calor.
De lágrimas y llanto, dulce Consolador."
O lux beatissima,
Reple cordis intima
Tuorum fidelium.
"Oh luz beatísima, inunda en claror de tus pobres hijos alma y corazón... A los que están fríos llena de fervor. Que vuelva al camino, quien de él se apartó..."
Da tuis fídelibus
In te confidentibus,
Sacrum septenarium.
"Da a tus fieles, que en ti han confiado, los siete dones sagrados. Dales el mérito de la virtud. Dales fin dichoso. Dales el gozo eterno."
En el Veni Creator se canta asimismo:
Tu septiformis munere...
Accende lumen sensibus
Infunde amorem cordibus...
"Tú eres el Espíritu de los siete dones... Alumbra nuestro espíritu con tu luz, y llena nuestros corazones de tu amor".
En fin, el testimonio de la Tradición está admirablemente expresado en la Encíclica de León XIII sobre el Espíritu Santo (2), donde se dice que nosotros tenemos necesidad, para completar nuestra vida sobrenatural, de los siete dones del Espíritu Santo: "El justo que vive de la vida de la gracia y que opera mediante las virtudes, como con otras tantas facultades, tiene absoluta necesidad de los siete dones que más comúnmente son llamados dones del Espíritu Santo. Mediante estos dones, el espíritu del hombre queda elevado y apto para obedecer con más facilidad y presteza a las inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo. Igualmente estos dones son de tal eficacia, que conducen al hombre al más alto grado de santidad; son tan excelentes, que permanecerán íntegramente en el cielo, aunque en grado más perfecto. Gracias a ellos es movida el alma, y conducida a la consecución de las bienaventuranzas evangélicas, esas flores que ve abrirse la primavera, como señales precursoras de la eterna beatitud… "Puesto que los dones son tan excelsos continúa León XIII, "y manifiestan tan claramente la inmensa bondad del Espíritu Santo hacia nuestras almas, ellos nos obligan a testimoniarle el más grande esfuerzo de piedad y sumisión. Esto lo conseguiremos fácilmente, esforzándonos cada vez más por conocerlo, amarlo e invocarlo... Importa recordar claramente los beneficios sin cuento que continuamente manan en aefficacitatis ut eum ad fastigium sanctimoniae adducant, tantaeque excellentiae ut in caelesti regno eadem, quanquam perfectius, perseverent.
Ipsorumque ope charismatum provocatur animus et effertur ad appetendas adipiscendasque beatitudines evangélicas, quae, perinde ac flores verno tempore erumpentes, Índices ac nuntiae sunt beatitatis perpetuo mansurae.
Este texto demuestra: 1°, la necesidad de los dones: "opus plañe est"; 2°, su naturaleza: nos hacen dóciles al Espíritu Santo; 3°, sus efectos: pueden conducirnos a la cumbre de la santidad.
Debemos amar al Espíritu Santo porque es Dios... y también por ser el Amor primero, sustancial y eterno; y nada es más amable que el amor... Él nos regalará con la abundancia de sus dones celestiales, y tanto más cuanto que, si la ingratitud cierra la mano del bienhechor, por el contrario, el agradecimiento se la hace abrir... Hemos de pedirle asiduamente y con gran confianza que nos ilumine más y más y nos inflame en el
fuego de su amor, a fin de qué, apoyados en la fe y la caridad, emprendamos con ardor nuestra marcha hacia la eterna recompensa, ya que él es la prenda de nuestra herencia."
Tales son los principales testimonios de la Tradición, sobre los siete dones del Espíritu Santo. Recordemos brevemente las aclaraciones que sobre este asunto nos da la teología, y sobre todo la doctrina de Santo Tomás, que en sustancia ha sido aprobada por León XIII en la Encíclica cuyos principales pasajes acabamos de transcribir y donde con frecuencia se cita al Doctor angélico.


LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO SEGUN SANTO TOMÁS.

El santo Doctor nos enseña sobre todo tres cosas: 1°, que los dones son disposiciones habituales permanentes (habitus), específicamente distintas de las virtudes; 2°, que son necesarios para la salvación; 3° que están conexos con la caridad y que aumentan con ella.
"Para distinguir los dones, de las virtudes", dice el santo, "preciso es seguir la manera de hablar de la Escritura, que los   llama no precisamente dones, sino espíritus. Así se dice en Isaías (XI, 2): «Reposará sobre él el espíritu de sabiduría y de inteligencia... etc.» Estas palabras dan a entender claramente que los siete espíritus allí enumerados, están en nosotros por una inspiración divina o una moción exterior (o superior) del Espíritu Santo. Hay que tener en cuenta, en efecto, que el hombre es actuado por un doble principio motor: el uno es interior, y es la razón; el otro, exterior, y es Dios, como se ha dicho más arriba (I, II, q. 9, a. 4 y 6), y como lo dijo el mismo Aristóteles en la Moral a Eudemo (i. VII, c. XIV, de la buena fortuna).
"Es manifiesto, por lo demás, que todo lo que es movido debe ser proporcionado a su motor; y la perfección del móvil, como tal, es la disposición que le permite precisamente ser bien movido por su motor. Asimismo, cuanto el motor es más perfecto, más perfectas han de ser las disposiciones que dispongan al móvil a recibir su influjo. Para recibir la elevada doctrina, de un gran maestro, preciso es poseer una preparación especial, una disposición proporcionada.
"Es evidente, en fin, que las virtudes humanas perfeccionan al hombre en tanto se dirige por la razón, en su vida exterior e interior. Preciso es, pues, que posea perfecciones superiores que lo dispongan a ser movido divinamente, y estas perfecciones son llamadas dones; no solamente porque son infundidas por Dios, sino porque, mediante ellas, queda el hombre convertido en sujeto capaz de recibir fácilmente la inspiración divina (1), según las palabras de Isaías (1, 5): «El Señor me ha abierto los oídos para hacerme oír su voz; cualquier cosa que me diga, ya no le hago resistencia, ni me vuelvo atrás.» Y el mismo Aristóteles enseña, en el lugar citado, que los que son movidos por un instinto divino no necesitan ya deliberar, como lo hace la humana razón, sino que se ven forzados a seguir la interior inspiración, que es un principio superior. Por esta razón, dicen algunos, que los dones perfeccionan al hombre disponiéndolo a actos superiores a los de las virtudes."
Se ve por estas palabras que los dones del Espíritu Santo no son actos, ni mociones actuales o auxilios pasajeros de la gracia, sino, más bien, cualidades o disposiciones infusas permanentes (habitus), que hacen al hombre dócil sin resistencia a las divinas inspiraciones. Y León XIII, en la Encíclica Divinum illud munus, que extensamente hemos citado, ha aprobado esta manera de entender los dones. Disponen pues al hombre ad prompte obediendum Spiritui Sancto, a obedecer con presteza al Espíritu Santo, como las velas disponen al navío a seguir el impulso de los vientos favorables; y por esta docilidad pasiva, nos ayudan a producir obras excelentes conocidas con el nombre de bienaventuranzas. Los santos son, en este sentido, como grandes veleros, cuyas velas desplegadas reciben dócilmente el impulso de los vientos. El arte de la navegación enseña a desplegar las velas en el momento oportuno, y a extenderlas del modo más conveniente para recibir el impulso del viento favorable.
Esta imagen nos fue proporcionada por el Señor mismo, cuando dijo (Juan, m, 8): "El viento sopla cuando se le antoja; tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; así acontece a quien ha nacido del Espíritu y es dócil a su inspiración. Nosotros no conocemos claramente, dice Santo Tomás, dónde se formó el viento que sopla, ni hasta dónde se dejará sentir; de igual manera ignoramos dónde comienza exactamente una inspiración divina, ni hasta qué grado de perfección nos conduciría si fuésemos completamente dóciles a ella. No seamos como esos veleros que, por no cuidarse de observar el viento favorable, guardan recogidas sus velas, cuando deberían tenerlas desplegadas.
Siguiendo estos principios, la gran mayoría de los teólogos enseñan, con Santo Tomás, que los dones son real y específicamente distintos de las virtudes infusas, como son distintos los principios que las dirigen: el Espíritu Santo y la razón esclarecida por la fe. Son esas dos direcciones reguladoras, dos reglas diferentes que constituyen dos motivos formales distintos. Ahora bien, es principio fundamental, que los hábitos son especificados por su objeto y su motivo formal, como la vista por el color y la luz, y el oído por el sonido.
El modo humano de obrar nace de la regla humana; el modo sobrehumano, de la regla sobrehumana o divina, de la inspiración del Espíritu Santo; "modus a mensura causatur".
Así es como la misma prudencia infusa procede por deliberación discursiva, en lo cual difiere del don de consejo, que nos dispone a recibir una inspiración especial de naturaleza supradiscursiva. Ante una pregunta-indiscreta, p. ej., la misma prudencia infusa permanece en suspenso, no sabiendo muy bien cómo evitar la mentira y guardar el secreto, mientras que una inspiración especial del Espíritu Santo nos saca del aprieto, como lo anunció Jesús a sus discípulos (Mat., x, 19).
De la misma manera, mientras que la fe se adhiere sencillamente a las verdades reveladas, el don de inteligencia nos permite escudriñar su profundidad, y el de sabiduría nos las hace saborear. Los dones son pues específicamente distintos de las virtudes.

(1) Se les encuentra citados en S. Tomás, al tratar de cada uno de los siete dones.
( 2 ) Cf. A. .1. GARDEIL, O.P., Dictionnaire de Théologie catholique, art. Dons du Saint-Esprit, t. iv, col. 1728-1781.
(3) DENZINGER, Enchiridion, n9 83.
(4) De sermone Domini, 1. I, c. 1-4. — De doctrina christiana, 1. II,
c. l.—Sermo 347.
(O Cf. De Trinitate, 1. XI1-XIV.
( 2 ) Cf. FULBERT CAYRÉ, A . A . La Contemplation augustininne, c.
1 y n2, en donde se prueba que la contemplación, según S. Agustín, es una sobrenatural Sabiduría. Su principio, al igual que la fe, es una acción sobrenatural del Espíritu Santo, que da, en cierto modo, palpar y gustar a Dios.
( 3 ) Ibid., n" 799.
(4) Catecismo del Concilio de Trento, I parte, c. ix, § 3: "Creo en
el Espíritu Santo."
( 5> Cf. SANI 'o TOMÁS, ÍTI Epist. ad Rowia7iosy VIII, 16,
(1) Gran contemplativo debió de ser el compositor de tan bella oración. Importa poco saber su nombre; fué una voz de Dios, como el desconocido que compuso el Amén de Dresde, que se encuentra en una partitura de Wagner y en una obra de Mendelssohn.
(2) Encíclica Divinum illud munus, 9 de mayo de 1897, circa finem: "Hoc amplius, homini justo, vitam scilicet viventi divinate gratíae et per congruas virtutes tanquam facultates agenti, opus plani est septems
illis quae proprie dìcuntur Spiritus Sancti donis. Horum enim beneficio instruitur animus et munitur ut ejus vocibus atque impulsioni facilius promptiusque obsequatur; haec propterea dona tantae sunt.
( 1 ) Cf. SANTO TOMÁS, in III Sentent., dist. 34-35; I, II, q. 68; II,
II, qq. 8, 9, 19, 45, 52, 121, 139; véase a sus comentaristas, sobre todo a CAYETANO y a JUAN DE SANTO TOMÁS, in I, II, q. 68.
También será de gran utilidad consultar a SAN BUENAVENTURA, cuya doctrina difiere en ciertos puntos secundarios de la de Santo Tomás; cf. Breviloquium, parte V y VI, y a J. FR. BONNEFOY: Le Saint-Esprit
et les dons selon saint Bonaventure. Paris, Vrin, 1929, y Dict. De Spiritualité, art. Buenaventura.
Véase igualmente a DIONISIO EL CARTUJANO, De donis Spiritus Sancti (excelente tratado); J. B. DE SAINT-JURE, S. J., L'homme spirituel, I partie, c. iv Des sept dons; LALLEMANT, S. J., La doctrine spirituelle,
IV principe, La docilité à la conduite du Saint-Esprit. — FHOGET, O. P., De l'habitation du Saint-Esprit, Paris, 1900, pp. 378-424. — GARDEIL, O. P., Dons du Saint-Esprit (Dict.. de Théol. Cath., t. iv, col. 1728-1781);

La structure de l'âme et l'expérience mystique, Paris, 1927, t. n, pp. 192-281. Del mismo autor: Les dons du Saint-Esprit dans les samts dominicains (véase sobre todo la introducción), 1923, y otros mucho.

jueves, 19 de octubre de 2017

Nada ha cambiado en estados unidos: Donald Trump y la industria de la guerra



Donald Trump y la industria de la guerra: nada ha cambiado Durante su campaña presidencial Donald Trump tuvo la osadía ¿bravuconada?, ¿estupidez quizá?, ¿mal cálculo político?) de preguntarse si era conveniente continuar la guerra en Siria y la tirantez con Rusia.
Probablemente cruzó por su cabeza la idea de poner énfasis, en lo fundamental, en el impulso a una alicaída economía doméstica, que paulatinamente va haciendo descender el nivel de vida de los ciudadanos estadounidenses comunes. Sus afiebradas promesas de hacer retornar a suelo patrio la industria deslocalizada (trasladada a otros puntos del mundo con mano de obra más barata), no parecen haber pasado de vano ofrecimiento. Unos pocos meses después, a menos de un año de su administración, puede verse cómo la política exterior estadounidense sigue siendo marcada por el todopoderoso complejo militar-industrial, y las guerras se suceden interminables. Y el presidente es su principal y alegre defensor.

A unos pocos días de su asunción como primer mandatario, el 27 de enero emitió el “Memorando Presidencial para Reconstruir las Fuerzas Armadas de Estados Unidos”, una más que clara determinación de concederle poderes ilimitados a la omnipotente industria militar de su país. En la Sección 1 de dicho documento, titulada “Política”, puede constatarse que “Para alcanzar la paz por medio de la fuerza, será política de los Estados Unidos reconstruir las Fuerzas Armadas.” El mensaje no deja lugar a dudas. Casi inmediatamente después de la firma de ese memorando, comienzan los grandes negocios de la industria bélica.

Empresas fabricantes de ingenios militares como Lockheed Martin (especializada en aviones de guerra como el F-16 y los helicópteros Black Hawk, la mayor contratista del Pentágono), Boeing (productora los bombarderos B-52 y los helicópteros Apache y Chinook), BAE Systems (vehículos aeroespaciales, buques de guerra, municiones, sistemas de guerra terrestre), Northrop Grumman (primer constructor de navíos de combate), Raytheon (fabricantes de los misiles Tomahawk), General Dynamics (quien aporta tanques de combate y sistemas de vigilancia), Honeywell (industria espacial), Dyncorp (monumental empresa que presta servicios de logística y mantenimiento de equipos militares) –compañías todas que para el año 2016 registraron ventas por casi un billón de dólares, teniendo incrementos desde el 2010 de un 60% en sus ganancias– se sienten favorecidos: la “guerra infinita” que iniciara algunos años atrás con la “batalla contra el terrorismo”, no parece detenerse. La necesidad perpetua de renovar equipos y toda la parafernalia militar asociada promete ingentes ganancias. Todo indica que esa rama industrial sigue marcando el paso de la política imperial.

No hay dudas que la pujanza de la economía estadounidense no es hoy similar a lo que fuera en la inmediata post guerra de 1945 y esos primeros años de triunfalismo desbordado (hasta la crisis del petróleo en la década de los 70), cuando era la superpotencia intocable. Ello no significa que está agotado el imperio estadounidense, pero sí que comienza un lento declive. De ahí que la omnímoda presencia militar en el mundo le puede asegurar el mantenimiento de su supremacía como poder hegemónico al aparecer nuevos actores que le hacen sombra (China, Rusia, Unión Europea, BRICS), al par que dinamizar muy profundamente su propia economía (3.5% de su producto bruto interno lo aporta el complejo militar-industrial, generando enormes cantidades de puestos de trabajo).

El 23 de febrero, un mes después de haber tomado posesión de su cargo en la Casa Blanca, Donald Trump declaraba provocador –fiel a su estilo– que Estados Unidos estaría reconstruyendo su arsenal atómico, dado que “se había quedado atrás” en términos comparativos con Rusia, y “será el mejor de todos” para asegurar que se colocaría “a la cabeza del club nuclear”.

Para darle operatividad a sus altisonantes declaraciones propuso un aumento de casi 17% del presupuesto de las fuerzas armadas. Ello podrá hacerse sacrificando con drásticas reducciones presupuestos sociales, tales como educación, medio ambiente, inversión en investigación científica, cultura y cooperación internacional.

El actual presupuesto para las fuerzas armadas es de 639,000 millones de dólares, lo que representa un 9% más de lo destinado a gastos militares en el último ejercicio fiscal del ex presidente Barack Obama. Esa monumental cifra está destinada, básicamente, a la adquisición de nuevas armas estratégicas, a renovar profundamente la marina de guerra y a la preparación de tropas.

Paralelo a esta presencia de la industria bélica en los planes estratégicos de la presidencia, es digno de mencionarse cómo determinados personeros militares han ido ocupando puestos determinantes en toda la administración de Trump. Su jefe de despacho es John Kelly, general de los marines; el asesor de Seguridad Nacional es el general Herbert McMaster, veterano de las guerras de Irak y de Afganistán, muy respetado dentro de la jerarquía militar del Pentágono; el Secretario de Defensa es el general Jim Mattis, igualmente otro marine, conocido por su nada amigable apodo de “Perro loco”, polémico comandante de las tristemente célebres operaciones en Irak y Afganistán, entre las que está la masacre de Faluya, en Irak, en el año 2004 (un virtual criminal de guerra).

Junto a esta presencia determinante de la casta militar, Donald Trump ha dado lugar al ingreso masivo de altos ejecutivos del complejo militar-industrial en puestos claves de su gobierno. Así, por ejemplo, puede mencionarse a la actual Secretaria de Educación, la multimillonaria Betsy Devos, hermana del ex militar y fundador de la empresa contratista de guerra Blackwater, Erik Prince. En otros términos: los generales y los fabricantes de la muerte son quienes fijan la geoestratégica de la principal potencia mundial. La destrucción, patéticamente, es buen negocio (¡para unos pocos!, claro está).

La militarización y la entrada triunfal de la industria bélica es pieza clave de la política del actual presidente de Estados Unidos. Ello puede apreciarse, además, en la estrategia de seguridad interna, por cuanto Trump rescindió un decreto ejecutivo de la presidencia de Barack Obama que prohibía el equipamiento militar a las policías locales. De este modo, el complejo militar-industrial podrá producir y vender a los cuerpos policiales armas de alto calibre, vehículos artillados y lanzagranadas. El negocio, sin dudas, marcha viento en popa.

Si en algún momento se pudo haber pensado que la llegada de Trump con su idea de revitalizar la economía doméstica detendría en alguna medida el papel de hiper agente militar y gendarme mundial de Estados Unidos –lo que sí impulsaba la candidata Hillary Clinton–, la realidad mostró otra cosa. Dos fueron los hechos que, de una vez y terminantemente, evidenciaron quién manda realmente: el innecesario bombardeo a un base aérea en Siria –el 7 de abril– (operación militar absolutamente propagandística, sin ningún efecto práctico real en términos de operativo bélico), y unos días más tarde –el 13 de abril– el lanzamiento de la “madre de todas las bombas”, la GBU-43/B, el más potente de todos los explosivos no nucleares del arsenal estadounidense, en territorio de Afganistán (supuesto escondite del Estado islámico, igualmente operación más mediática que militar, sin ninguna consecuencia real en términos de operativo castrense).

Es más que evidente que en esta fase de capitalismo global e imperialismo desenfrenado, la estrategia hiper militarista garantiza a la clase dominante de Estados Unidos una vida que la economía productiva ya no le puede asegurar. Los nuevos enemigos se van inventando, ahora que la Guerra Fría y el fantasma del comunismo desaparecieron. Ahí están entonces, a la orden del día, “la lucha contra el terrorismo”, “la lucha contra el narcotráfico”, y seguramente en un futuro cercano “la lucha contra el crimen organizado”. Como dijera en el 2014 el por ese entonces Secretario de Defensa en la presidencia de Barack Obama, León Panetta: “La guerra contra el terrorismo durará no menos de 30 años.”

El guión ya está trazado. No importa quién sea el ocupante de la Casa Blanca: los planes deben cumplirse. Si en algún momento el errático Donald Trump pudo haber hecho pensar que no era “un buen muchacho” que seguía lo establecido, la tozuda realidad (léase: los intereses inamovibles de quienes dirigen el mundo) lo pusieron en cintura.

¿Habrá guerra para rato entonces? De todos nosotros depende que ello no sea así. El llamado Reloj del Juicio Final, elaborado por el Boletín de Cientistas Atómicos de Estados Unidos, fue adelantado medio minuto para indicar que estamos a dos minutos y medio (en términos metafóricos) de un posible holocausto termonuclear si se sigue jugando a la guerra. El complejo militar-industrial estadounidense se siente omnipotente: juega a ser dios, juega con nuestras vidas, juega con el mundo. Pero un pequeño error puede producir la catástrofe. En nombre de la supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra debemos luchar tenazmente contra esta demencial política. Lo cual es decir, en definitiva, luchar contra el sistema capitalista. Es evidente que dentro de estos marcos es más fácil el exterminio de toda forma de vida que el encontrarle solución a los ancestrales problemas de la humanidad. En ese sentido, entonces, son hoy más premonitorias que nunca las palabras de Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”.


Donald Abelson, Universidad de Ontario.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista del blog.

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY





Así pudiéramos ir citando multitud de ejemplos, mas dejemos a los servidores y vengamos al Maestro.
Desde su entrada en el mundo, Nuestro Señor se ofrece a su eterno Padre para ser la víctima universal. Su vida entera será cruz y martirio. Apenas aparecen en El lágrimas suficientes para mostrar la ternura de su corazón, indignación suficiente para inspirar a los culpables un temor saludable. Por lo demás, siempre conserva una maravillosa serenidad, ansía el bautismo de sangre en que ha de lavar al mundo. Más he aquí que ha llegado el momento y relegando las alegrías de la visión beatífica a la parte superior de su alma, entrega voluntariamente a todas sus facultades, su cuerpo mismo a la más terrible agonía, y por libre elección, se abandona al miedo, al tedio, al disgusto; su alma está triste hasta la muerte. Contempla la montaña de nuestros pecados, a su Padre indignamente desconocido, a las almas que corren al abismo, las torturas e ingratitud que le esperan, y queda sumergido en un océano de amargura. Por tres veces implora la compasión de su Padre. «Si es posible, pase de mí este cáliz.» Acepta que un ángel del cielo venga a confortarle, un sudor de sangre le inunda, y entonces ora con más intensidad: «Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya.»
Ante tan inaudito espectáculo, el hombre de fe tímida quédase turbado y perplejo, pero el verdadero fiel adora, admira, agradece. Nuestro Señor, en efecto, ¿podrá hacer nada más útil a las almas, a título de Salvador, de Consolador y de Maestro? Como Salvador, convenía que tomara todas nuestras debilidades y hasta nuestros mayores abatimientos, a excepción del pecado. Ahora bien, ¿podía haber para todo un Dios humillación comparable a ésta? Por eso la eligió con entera voluntad.
Como Consolador, era bueno que conociese todos nuestros dolores. Si se hubiera manifestado inaccesible al temor, a la repugnancia, a nuestros disgustos, ¿hubiéramos osado manifestarle nuestras miserias? Se hizo voluntariamente semejante a nosotros, como un padre se hace niño con sus hijos. Esta humilde condescendencia nos afirma, nos anima y pone el bálsamo sobre nuestras llagas. Al mismo tiempo, el exceso de su dolor y de sus abatimientos voluntarios traspasa al alma generosa y hace nacer en ella el deseo, y por decirlo así, la necesidad de devolver sufrimiento por sufrimiento a este incomparable Amigo. «Una noche -decía sor Isabel de la Trinidad- mis dolores eran abrumadores, sentí que la naturaleza me dominaba, pero mirando a Jesús en la agonía, le ofrecía aquellos dolores para consolarle y me sentí fortificada. Así lo hago siempre en mi vida; a cada prueba, grande o pequeña, miro lo que Nuestro Señor ha sufrido de análogo, a fin de perder mi sufrimiento en el suyo y perderme yo misma en El.» Santa Teresa del Niño Jesús dice a su vez: «Cuando el divino Salvador pide el sacrificio de todo cuanto hay en el mundo de más amado, es imposible, sin una muy particular gracia, no exclamar junto con El en el huerto de la Agonía: "Padre mío, aleja de mí este cáliz." Pero añadamos en seguida: "Que se haga tu voluntad y no la mía. Muy consolador es pensar que Jesús, el Dios Fuerte, ha pasado por todas nuestras debilidades, que ha temblado a la vista de ese cáliz amargo que en otro tiempo había deseado con tanto ardor». Siempre habrán horas de turbación, entonces diremos también nosotros, me esforzaré por imitar la generosidad de Nuestro Señor, repitiendo: «Padre, líbrame de esta hora terrible» y sobreponiéndonos en seguida a este momentáneo temor, volveremos a decir: «Mas no, que para esto he venido al mundo.»
Como Maestro, Nuestro Señor nos ofrece aquí tres preciosas enseñanzas: 1ª No es falta, ni siquiera imperfección, experimentar el sentimiento del padecer, el tedio, las repugnancias y los disgustos, con tal que no cesemos de decir con voluntad resuelta: Que se haga, no como yo quiera, sino como Vos queréis. Nuestro Señor no es ni menos perfecto ni menos grande en el Huerto de Getsemaní que sobre el Tabor, o a la derecha de su Padre; pensar de otra manera sería una blasfemia; por lo mismo, no es cosa sin importancia que el alma, desprovista de todo socorro sensible, en medio de la turbación y de las contrariedades, permanezca tan constantemente fiel a la voluntad de Dios.
2ª No es falta ni siquiera imperfección quejarse a Dios con amorosa sumisión, a la manera que un niño lastimado se refugia junto a su madre y le muestra su herida y su pena. «El amor permite quejarse y decir todas las lamentaciones de Job y de Jeremías, mas a condición de que la santa aquiescencia se conserve siempre en el fondo del alma, en la parte superior del alma.» Así se expresa el dulce Obispo de Ginebra, más nos condena también cuando no cesamos de lamentamos, ni hallamos, al parecer, personas a quienes quejamos y contar por menudo nuestros dolores. No de otra manera habla San Alfonso: «sin duda es más perfecto en las enfermedades no quejarse de los dolores que se experimentan; sin embargo, cuando nos afligen con vehemencia no es falta comunicarlos a
nuestros amigos, ni aun pedir a Nuestro Señor que nos libre de ellos. No trato aquí sino de grandes dolores, pues de lo contrario hacen muy mal esas personas que se lamentan cada vez que sienten alguna pena o la más leve molestia». Estos Santos Doctores admiten, pues, como legítimas, las quejas moderadas y sumisas; sólo condenan el exceso.
3ª No es falta, ni siquiera imperfección, pedir a Dios en las grandes pruebas que, si es posible, aleje de nosotros el cáliz del sufrimiento y hasta pedírselo con cierta insistencia, puesto que lo ha hecho Nuestro Señor; mas, «después que hayáis suplicado al Padre que os consuele, si a Él no le place hacerlo, dirigid vuestros esfuerzos a realizar la obra de vuestra salvación sobre la cruz, como si jamás hubierais de descender de ella. Contemplad a Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos después de haber pedido a su Padre el consuelo y conociendo que no se lo quería conceder, no piensa ya en él, ni se inquieta, no lo busca ya más, como si nunca lo hubiera procurado, y valerosamente ejecuta la obra de la Redención».
Esta es la dirección que San Francisco de Sales daba a Santa Juana de Chantal.
SANTA GEMMA GALGANI
10. EL ABANDONO Y EL VOTO DE VÍCTIMA
Antes de comparar estas dos cosas, conviene repetir en pocas palabras la idea del Santo Abandono. Es una conformidad con el beneplácito divino, pero una conformidad nacida del amor y llevada a un alto grado.
No por insensibilidad, sino por virtud el alma se establece en una santa indiferencia para todo lo que no es Dios y su adorable voluntad. Antes del acontecimiento que ha de mostrar al divino beneplácito mantiénese en simple y general espera, cumpliendo fielmente la voluntad de Dios significada.
Condúcese con prudencia en las cosas en que le pertenece decidir, pero en las que dependen del divino beneplácito, por más que tenga derecho a formular deseos y peticiones, prefiere en general dejar a su Padre celestial el cuidado de querer y de disponerlo todo a su gusto; ¡tan grande es la confianza que en El tiene y tan grandes las ansias de no hacer sino la voluntad divina! Apenas le ha manifestado por un acontecimiento esta voluntad, confórmase con amor, no al modo de una máquina que se deja mover, sino empleando cuanto tiene de inteligencia y de voluntad para adaptarse y uniformarse con el divino beneplácito y sacar de él todo el provecho posible. Su amor y la sinceridad del abandono no la impiden sentir las penas, pero no se agita por eso; bástale poder cumplir la voluntad de Dios. He aquí, en conjunto, el santo abandono tal cual lo hemos descrito siguiendo la doctrina de San Francisco de Sales, que podría resumirse en la fórmula siguiente: «Dios mío, no quiero en el mundo otra cosa que a Vos y a vuestra santísima voluntad. Mi mayor deseo es crecer en amor y en todas las virtudes, y por eso deseo cumplir fielmente vuestra santa voluntad significada.
Para cuanto de Vos depende y no de mí, me pongo confiado en vuestras manos y dispuesto estaré a cuanto queráis en simple y filial espera. Nada deseo, nada os pido y nada rehúso. No temo al dolor, puesto que Vos lo acondicionaréis a mi debilidad; la única cosa que deseo es dejarme conducir a vuestro gusto y conformarme con amor a vuestro beneplácito.»
Es evidente que esta manera de considerar el abandono no ofrece peligro alguno y nada tiene de presumida, ya que no es otra cosa que una sumisión filial, llena de confianza y de amor; y bien se podría aconsejar como ideal a toda alma adelantada.
¿No parecerá en nuestros días demasiado pasiva esta simple actitud, a un mundo apasionado por la actividad y por las obras de abnegación cristiana? Lo cierto es que se propaga la práctica de ir más lejos en el abandono. En lugar de dejar a Dios el cuidado de todas las cosas, y sin esperar en paz que El escoja a su gusto, las almas toman la iniciativa, se ofrecen, se consagran y se entregan. Algunos no quieren entender el abandono si no es con estos arranques. Pero estos ofrecimientos deben ser examinados más de cerca.
Supongamos que un alma se dirige sencillamente a Dios, y sin pedirle el sufrimiento, le dice que está dispuesta con su gracia a todo lo que El quiera y que lo abrazará con gusto. Esto casi se acerca al abandono, tal como lo hemos descrito, y se podría aconsejar a toda alma adelantada, como nota distintiva de humildad. Más supongamos también que esa misma alma dice a Dios: «no temáis enviarme el dolor, lo deseo, casi lo pido, Vos colmaréis mis votos secretos otorgándomelo». Esta oblación, si ya no es la ofrenda como víctima, se le acerca mucho, empero nunca será el abandono de San Francisco de Sales. No se puede permitir sino con prudencia, es decir, a las almas que han hecho suficientemente sus pruebas. No se la puede aconsejar a todas, diremos al tratar de las víctimas. Se ha de convencer a los confiados de sí mismos y no sólidamente formados, que antes de dirigir tan altos sus deseos, deben ejercitarse en hacer bien la voluntad de Dios significada y en santificar sus cruces diarias. San Pedro se ofreció a sufrir y aun morir con su Maestro; y aunque su amor y su sinceridad eran indudables, no por eso dejó de ser presuntuoso, como bien claramente lo probaron los hechos.
Tenemos, por último, la ofrenda de sí mismo como víctima, o sea, el voto de víctima. Como no tenemos el designio de hacer aquí la exposición completa, doctrinal y práctica de esta materia tan compleja y delicada, diremos tan sólo lo suficiente para mostrar de una manera precisa en dónde termina el abandono y cuándo empieza otro camino. Los lectores deseosos de conocer más a fondo esta materia, podrán consultar los autores que de la misma tratan ex profeso, especialmente M. Ch. Sauvé, en su excelente opúsculo, quizá un tanto severo en sus restricciones, acerca de la noción, estado y voto de víctimas.
La ofrenda puede hacerse con intenciones y bajo diversas formas. Gemma Galgani y Sor Isabel de la Trinidad se ofrecieron como víctimas por los pecadores. Santa Teresa del Niño Jesús, como víctima de holocausto al amor misericordioso; otras se ofrecen a la justicia, a la santidad, al amor de Dios, y con frecuencia lo hacen como víctima de expiación, para reparar la gloria divina ultrajada, para librar las almas del Purgatorio, para atraer la misericordia divina sobre la Santa Iglesia, sobre la patria, sobre el sacerdocio y comunidades religiosas, sobre una familia o sobre un alma.
El fundamento de esta ofrenda es la Comunión de los Santos, especialmente la reversibilidad de las satisfacciones del justo en provecho del culpable. Es también el misterio de la redención por medio del sufrimiento, pues habiendo escogido Nuestro Señor este camino para salvar al mundo, continúa escogiéndolo para hacer llegar a nosotros el precio de su Sangre. Por su infinita bondad, se digna de asociar almas escogidas a su obra de salvación, y no pudiendo sufrir en su humanidad glorificada, se asocia, valga la palabra, «humanidades de añadidura», en las cuales pueda continuar salvando a las almas por el sufrimiento.